Luis Salar Vidal

Psicólogo

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Depresión en la adolescencia

La depresión es un trastorno que puede darse en todas las edades, también en la adolescencia. Es importante que los padres puedan detectar su presencia ya que un diagnóstico y tratamiento precoces disminuyen su posterior aparición.
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Según la OMS, la depresión es la primera causa de enfermedad y discapacidad entre los adolescentes.

Aún hoy existe el mito de que la adolescencia es una etapa feliz y libre de cargas. Pero lo cierto es que la depresión también puede arrancar en la pubertad pasando desapercibida.

No hay datos oficiales de cuántos menores están deprimidos. Según la Sociedad de Psiquiatría Infantil, en España, la prevalencia del trastorno se sitúa en torno al 6% en adolescentes,

Algunas entidades dedicadas a la salud del menor afirman que atienden ahora a más chicos. Además, si tiempo atrás los jóvenes consultaban sobre los 20 años, ahora la mayoría de adolescentes piden ayuda entre los 13 y los 15, siendo las chicas el doble que los chicos.

Los cambios en las estructuras familiares, el aumento de las desigualdades económicas por la crisis y las diferencias entre expectativa y realidad podría explicar este incremento.

¿Cómo es la depresión adolescente?

La depresión en la adolescencia es difícil de detectar porque sus síntomas pueden ser diferentes a los que vemos en los adultos y a menudo se confunden con actitudes propias de la edad. En la pubertad, la depresión se parece más a la irritabilidad.

"¿Deprimido? ¡Siempre estás enfadado, tío!" Los adolescentes son más propensos a presentar irritabilidad o inquietud durante la depresión.

«¿Deprimido? ¡Siempre estás enfadado, tío!» Los adolescentes son más propensos a presentar irritabilidad, confrontaciones  o inquietud durante la depresión.

No hay una señal que indique claramente el cuadro depresivo y en cada adolescente, la depresión se expresará diferente. El diagnóstico estará basado en un conjunto de síntomas y cambios en el estado de ánimo, en el comportamiento y en el funcionamiento físico dentro de un período de tiempo.

Los adolescentes no suelen decir “estoy deprimido, quiero ir al psicólogo», lo habitual es que no pidan ayuda hasta que la situación sea grave.

Criterios diagnósticos

Un diagnóstico de depresión requiere la concurrencia de cinco (o más) de estos síntomas: Humor deprimido, pérdida de interés, pérdida o ganancia de peso (sin hacer dieta), insomnio o aumento de las horas de sueño, agitación o inhibición motrices observables, pérdida de energía, sentimientos de culpa y/o inutilidad e ideas de muerte o suicidio.

La esencia del trastorno depresivo es un estado de ánimo depresivo y/o irritable y una disminución del interés o de la capacidad para el placer.

Estos síntomas deben mantenerse durante, al menos, dos semanas y ser lo suficientemente importantes como para provocar malestar significativo o deterioro académico, social.

Algunas señales reveladoras

Las señales más reveladoras que permite detectar a los padres cuándo sus hijos podrían sufrir depresión son:

Humor deprimido: Diferenciar entre tristeza y depresión no es sencillo. Estar triste es algo común y no significa siempre estar deprimido. Cuando la tristeza altera la vida del chico, su conducta, su alimentación y sus relaciones; debemos pensar en depresión.

Pérdida de interés por lo que antes les gustaba: Si tu hijo jugaba todo el día a básquet pero ahora “pasa”, puede ser significativo. Los adolescentes no siempre destacan por su alta motivación, pero si dejan de disfrutar de las cosas que le solían gustar, puede ser revelador.

Insomnio o hipersomnia: Muchos chicos dormirían hasta mediodía. Pero si tu hijo prefiere esconderse en la cama cuando tiene actividades programadas que le gustan, tiene patrones de sueño irregulares o duerme una cantidad inusual de siestas, esto podría indicar depresión.

Ideas de muerte recurrentes: Como los adultos, los jóvenes pueden menospreciar la vida propia o ajena y llevar a cabo actividades autodestructivas.

Consumo de sustancias: Algunos adolescentes descubren en las drogas o el alcohol un alivio temporal. Pasado su efecto, el uso de tóxicos potencia el malestar.

Mala conducta: Hay una delgada línea entre el mal comportamiento adolescente típico (desafiar, buscar el límite, romper alguna norma) y la posibilidad de que tales conductas estén causadas por la depresión. ¿Con qué frecuencia se comporta así? ¿Cómo reacciona cuando se le hace recapacitar?

Síntomas físicos: Dolores de estómago o de cabeza recurrentes, cansancio extremo, tensión muscular,… sin explicación física aparente.

Aislamiento social: Muchos adolescentes se encierran en sus habitaciones, se niegan a hablar con sus padres y quieren estar solos de vez en cuando. El aislamiento social es diferente. Por ejemplo, valdrá la pena explorar por qué ha dejado de ir a patinar con sus amigos. ¿Se ha peleado con ellos? ¿Pasa tiempo con nuevos amigos?

Descenso del rendimiento escolar: Los problemas académicos frecuentemente nos indican si el chico se concentra bien o si confía en sus capacidades. Una señal de que algo va mal son las ausencias y retrasos en el instituto.

Historial familiar de depresión: ¿Alguien en la familia tiene depresión? ¿Los padres?  Vivir con adultos deprimidos no suele resultar estimulante.

Ya sea porque se enfrenta a una depresión o porque está pasando por un tramo difícil en su desarrollo, los padres tienen que estar alerta para apoyar a su hijo y distinguir qué tipo de ayuda necesita. Consultar con el médico de familia o seguir las recomendaciones de un psicólogo es un buen inicio.

La depresión en la adolescencia no es necesariamente un diagnóstico de por vida. Un tratamiento a tiempo permite resolver con éxito este momento complicado.

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Validar

Convivir con un hijo adolescente puede ser un auténtico reto. Un día le estás dando el beso de buenas noches a tu niño, a la mañana siguiente, caminas de puntillas para no despertar a la “bestia”. Durante la adolescencia, muchos padres califican la relación con sus hijos como impredecible o desagradable y sienten que hablan en otro idioma.

Tras trabajar durante diez años con adolescentes y sus familias, creo que mi rol como psicólogo es el de traductor. Es decir, trabajo para que padres e hijos entiendan el idioma del otro y así puedan comunicarse. Existen muchas herramientas para ayudar a padres e hijos a conectar de nuevo, pero quizás la más útil sea la validación.

Validar es conocer los pensamientos y sentimientos del otro y darle a entender que lo que piensa y siente tiene sentido y es comprensible dadas las circunstancias. Validar no significa estar de acuerdo. Es mostrar que estamos escuchando y entendiendo lo que el otro quiere decir sin juzgarlo.

¿Cómo validamos a un adolescente?

A menudo, los chicos se sienten criticados o no escuchados por sus padres. Esta percepción suele acabar en conflicto y, a la larga, los hijos dejan de hablar con sus padres. Cuando los adultos validan, los jóvenes se sienten más dispuestos a conversar y están más receptivos a la información que les dan los adultos.

Validar calma los ánimos y fomenta el diálogo. En mi experiencia, la mayoría de padres sólo quieren conversar con sus hijos y cuando validan, los canales de comunicación se abren de nuevo. De igual manera, los adolescentes disfrutan hablando con un adulto que les entienda pero en cuento huelen un ápice de juicio, se cierran, atacan o salen pitando.

Parece sencillo, ¿no? La verdad es que validar a un hijo adolescente puede resultar difícil por muchas razones. Algunas veces, el comportamiento adolescente nos parece irracional y es una auténtica hazaña rescatar algo que validar. Otras, después de muchas frustraciones y discusiones, las ganas de validar se han esfumado. Finalmente, muchos padres se atascan pensando que cuando validan a sus hijos, están dando su brazo a torcer.

Validar no es decirle al otro que lo está haciendo todo bien; es usar una herramienta que nos ayuda a empezar un diálogo y prevenir un conflicto.

Validando paso a paso

Aunque aquí muestro una secuencia, no hay un orden correcto a seguir y no es necesario utilizar todos los pasos en una misma situación.

 - Escucha activamente y sin juzgar. Sin este principio, no podemos hacer nada.
 - Reflexiona sobre sus pensamientos y sentimientos (no sobre los tuyos). De esta manera, se sentirá escuchado y se evitan malos entendidos porque nos podrá corregir en caso de haber malinterpretado algo. Por ejemplo: “Me ha parecido que decías que te sentías agobiado por todo lo que tienes que hacer”.
 - Empatiza. En ocasiones, los adolescentes no dicen abiertamente cómo se sienten. Entonces nos tenemos que aventurar a poner palabras sobre lo que pueden estar sintiendo. Por ejemplo: “Si mis padres me dijeran que están preocupados por los amigos con los que salgo, seguramente me enfadaría y me sentiría juzgado. ¿Es así como te sientes?”.
 - Conoce los motivos de su reacción intentando mostrar comprensión por su comportamiento. Por ejemplo: “Entiendo que te sientas tan triste después de que tu amigo pasara de ti. Tú valoras mucho su amistad y no piensas haberle hecho nada para que no te haga caso”.
 - Reconoce lo que hace bien, sus buenas ideas su buen criterio. Por ejemplo: "Debe ser complicado para ti intentar hacer lo mejor en esta situación manteniendo la calma”.

Para acabar algo con lo que comenzar

Piensa la última vez que alguien te escuchó de verdad. ¿Cómo te sentiste? ¿Sentías que te entendían? ¿Sentiste que podías compartir algo más con esa persona? A todos nos gusta sentirnos validados, también a los adolescentes.

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«Papá, quiero ser…»

No siempre es fácil para los padres entender la vocación de sus hijos. Además de la angustia por clarificar su futuro, los chicos tienen que lidiar con la presión de tener éxito… signifique ‘éxito’ lo que signifique.

Muchas veces, los jóvenes no saben qué estudiar. Todos los que hemos pasado por el trance de escoger una formación, sabemos que uno no siempre acaba eligiendo pensando en lo que le gusta, sino que lo hace por los supuestos beneficios económicos que dará tal o cual profesión.

En esto los padres lo tienen claro: prefieren que su hijo sea un ingeniero del montón a tener un apasionado artista como heredero. Muchas veces, para no herir la sensibilidad del joven, acceden a buscar soluciones intermedias. “Ni hablar de ‘Bellas Artes’. ¿Qué tal ‘Diseño Industrial’?”.

Desde la angustia, los padres preguntan ¿de qué sirve tener una profesión de la que no puedes vivir, que no paga facturas? A veces les contesto que la ingeniería ha dado de comer a muchos hombres, a la vez que les iba quitando la alegría por su trabajo.

Pienso que con las chicas, los padres son más (malévolamente) permisivos ya que a menudo la exigencia se reduce a “que trabaje, da igual de qué, pero que trabaje”. Como si trabajar, de lo que sea, fuera lo máximo a lo que su hija pudiera aspirar, sin importar sus deseos, sus capacidades o sus intereses.

A los hombres, en cambio, se nos demanda que seamos analíticos, líderes, directivos, seguros, resolutivos,… ¡exitosos! Cuando estas aptitudes sólo las tienen algunos, y algunas mujeres, claro está, y sólo puede ganar uno.

Williams y Bennet realizaron un estudio sobre lo que hombres y mujeres consideraban valores masculinos y femeninos. Los diez primeros valores masculinos escogidos por los propios hombres aparecen en la imagen.  Foto original de Lauren Mitchell.

Williams y Bennet realizaron un estudio sobre lo que hombres y mujeres consideraban valores masculinos y femeninos. Los diez primeros valores masculinos escogidos por los propios hombres aparecen en la imagen. Foto original de Lauren Mitchell.

No todos los hombres sienten interés por dirigir, vencer o resolver cualquier clase de problema. No estoy defendiendo la duda patológica o el desentenderse de las obligaciones de uno. Pero creo en el derecho de los hombres, de cualquier edad, de no saber qué hacer, sin que nos castiguen, ni castigarnos,  por ello.

Admitir nuestras limitaciones y que se nos acepte también con ellas nos humaniza y nos libera. Pedir ayuda nos rescata de tener que saberlo todo. Y todo ello nos permite aprender, descubrir, para finalmente, escoger.

Tres casos curiosos

brianmaynasa2Aunque le construyó su guitarra eléctrica, el padre de Brian May se llevó un disgusto cuando, a principios de los 70 su hijo dejó colgado su doctorado en Astrofísica para vender más 200 millones de discos con Queen. Finalmente, May defendió su tesis en 2008 y en 2015 colaboró con la NASA en su proyecto “New Horizons”.

 

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Foto de milenamphoto.

José Miguel Monzón Navarro, más conocido El Gran Wyoming, nació en el seno de una familia de farmacéuticos. Se licenció en Medicina pero abandonó su trabajo como médico para dedicarse al mundo del espectáculo. Se ha ganado la vida como humorista actor, músico, escritor y columnista. Actualmente es el presentador del programa de televisión El intermedio, en La Sexta.

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Querido por la crítica y el público, Eduardo Mendoza comenzó a escribir mientras realizaba las prácticas de Derecho. Este año ha ganado el premio Cervantes. (Foto de Piotr Drabik.

http://www.lavanguardia.com/cultura/20161201/412302281243/el-novelista-que-surgio-del-abogado.html

 

Notas:
 Williams, J.E. & Bennett, S.M. Sex Roles (1975) 1: 327. doi:10.1007/BF00287224

¿Quién es quién en el bullying?

Las primeras investigaciones sobre el bullying, o acoso escolar, se centraron, básicamente, en el acosador. ¿Quién era? ¿Qué le motivaba? ¿Qué hacía? A pesar de ser el objetivo de burlas y golpes, la víctima, recibía menos atención. Estos trabajos respondían a una visión individualista: en la intimidación hay uno que la realiza y otro que la recibe.

Estudios más recientes han superado este marco y explican el fenómeno del acoso entre iguales desde su dimensión relacional. Además de acosador y víctima, en una situación de violencia en la escuela, hay muchos compañeros conocedores de tales circunstancias, y, por tanto, implicados. Cada uno de estos reaccionará de forma diferente ante estas agresiones.

En una entrada anterior, explicaba la diferencia entre agresividad, violencia y bullying. Cuando hablamos de acoso escolar nos referimos a un maltrato sistemático entre iguales, mantenido en el tiempo y con la intención de hacer mal, imponiendo el esquema de abuso de poder desequilibrado entre víctima y agresor.

Aunque se den en la escuela, agresividad, violencia y acoso no son lo mismo.

Una visión interpersonal del acoso escolar implica tres roles principales: agresor, víctima y espectadores. Un factor que mantendrá la situación de bullying será la respuesta que den estos últimos como testigos.

¿Quién es quién?

Los acosadores son los que llevan a cabo los ataques. Normalmente son impulsivos, dominantes y nada empáticos con sus compañeros. Los que utilizan la fuerza física para intimidar suelen ser robustos. Con los adultos, se muestran desafiantes y violentos. Aunque no son especialmente habilidosos socialmente, son más populares que las víctimas y cuentan con un número considerable de seguidores: los colaboradores y los animadores.

Los colaboradores se ponen del lado del acosador, dependen de él y pueden provocar verbal y físicamente para propiciar una agresión. A pesar de esto, también comparten características con las víctimas y el resto de espectadores. Cuando no desempeñan este papel, se muestran abiertos a resolver los conflictos desde el diálogo.

Los animadores respaldan al acosador alentándolo en sus acciones o riéndose de la víctima. Suelen ser un grupo numeroso que ha normalizado la situación de acoso y la viven como algo curioso y divertido.

Los animadores piensan que un compañero agrada a otro ‘son cosas que pasan’.

En el otro extremo encontramos a la víctima. Las víctimas reciben las agresiones y, aunque no todas reaccionan igual, mayoritariamente responden de forma sumisa y no explican nada de lo sucedido. Suelen ser chicos inseguros, sensibles y poco populares en clase. Aquellas víctimas más activas y seguras de sí mismas, desarrollan actitudes negativas hacia sus compañeros. Mediante burlas, por ejemplo, estas víctimas logran desencadenar una reacción agresiva en los demás que acaba en su contra.

Los distintos roles en el acoso escolar.

Los distintos roles en el acoso escolar.

Los defensores empatizan con las víctimas y le muestran su apoyo de forma más o menos explícita. Unos saldrán en su defensa en el momento del acoso, mientras otros le mostrarán su apoyo en privado.

Finalmente, nos encontramos con un grupo minoritario de compañeros que saben lo que está pasando pero que no intervienen por miedo a las consecuencias que puedan recibir, los espectadores neutrales. Aunque se identifican con la víctima, con su silencio, pretenden evitar convertirse en la próxima. Este miedo a ser los siguientes les puede hacer animar al agresor en sus actos.

Habla un espectador: “Yo no digo nada para que no la tomen conmigo.”

Como hemos visto, el bullying es un fenómeno complejo con varios elementos interactuando entre sí. En otra entrada hablaré sobre el papel de los adultos en estas situaciones. Alumnos, padres y profesores han de ser conscientes de que el acoso escolar debe denunciarse.

¿Cuándo debo llevar a mi hijo al psicólogo?

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Si un niño siempre está triste, llora con facilidad o se le ve angustiado,… parecerá conveniente buscar ayuda profesional. Pero no siempre el sufrimiento psicológico es tan evidente y logra pasar desapercibido. En otras ocasiones, el sentimiento de culpabilidad que muchos padres sienten cuando se les aconseja acudir con su hijo al psicólogo genera pensamientos contrarios: “No está tan mal”, “en vacaciones pasaremos más tiempo juntos y se solucionará”, “si va a peor, ya consultaremos”… Sin entrar en síntomas o estadísticas más o menos alarmantes, recojo algunas situaciones en las que es recomendable tener la opinión de un psicólogo.

Cuando lo indican desde el centro de estudios

Un alumno de Secundaria pasa de media seis horas al día en el instituto. Durante ese tiempo, se relaciona, juega, aprende,… y también se frustra, se ilusiona, se disgusta,… En definitiva, tiene tiempo para mostrarse tal y como es. Además muchas dificultades de niños y adolescentes aparecen con más claridad durante el horario lectivo: el niño que no tiene amigos, la chica que tira el desayuno a la papelera, los alumnos que aprenden más despacio,… La información que proporcionan los profesores es muy valiosa porque son observadores directos de los comportamientos y reacciones de los chicos y porque tienen la referencia del grupo de edad al que pertenecen. Por ejemplo, cualquier niño puede reñir en el recreo con otro pero algo estará sucediendo si es ese mismo niño se pelea cada día con un compañero diferente en el patio, en los pasillos, durante los descansos,…

Los profesores detectan muchas situaciones problemáticas porque pasan mucho tiempo con los alumnos y pueden compararlos con su grupo de iguales.

Cuando los recursos propios no son suficientes

Las familias cuentan con una serie de recursos para ayudar a los más pequeños a crecer. Me estoy refiriendo al cariño, los límites, al diálogo,… pero no siempre funcionan. Hay situaciones concretas en las que, además de estas herramientas, se requieren los conocimientos técnicos de un profesional. En el caso de los adolescentes, a menudo les cuesta aceptar la ayuda proveniente de los padres porque hacerlo es reconocer que aún les necesita. Y cuando eres adolescente, admitir que necesitas a tus padres se vive como un ataque a la personalidad que te estás construyendo. En este caso, es probable que los chicos toleren mejor la ayuda de un adulto ajeno a la familia.

Aunque necesario, el cariño no siempre basta para solucionar ciertas situaciones.

Cuando a los padres le pasó “lo mismo” y lo resolvieron “así o asá”

De la misma manera que los padres ven sus rasgos físicos en sus hijos (“tiene los ojos de mi marido”) también detectan sus actitudes o sus reacciones: “a su edad, yo era igual”, “es tímida como su madre”, “el niño ya tiene a quien salir”,… son frases que a menudo escuchamos en las primeras entrevistas. Este reconocimiento de las dificultades propias en los hijos preocupa a los padres. Más aún cuando los problemas de su hijo les resultan familiares. Esta angustia a menudo lleva a los padres a querer solucionar la situación por la vía rápida o como lo hicieron ellos. Aunque totalmente comprensible, no siempre la solución propuesta por los adultos es la más eficaz. Quizás a la madre le sirvió apuntarse al grupo de teatro del instituto para quitarse la timidez de encima… a lo mejor, la hija, “igual de tímida”, necesita otra cosa. Cada síntoma tienen un significado personal para cada uno de nosotros y, finalmente, los padres son los padres y los hijos son los hijos. De nuevo, el profesional detectará qué está pasando y cuál es la mejor manera de solucionarlo para esa persona.

Cuando ellos lo piden

No es el caso más habitual pero sucede, sobre todo, con los adolescentes. Personalmente creo que hay que “aprovecharlo”. Los adultos nos quejamos con frecuencia de los comportamientos, que siendo propios de la edad, nos parecen inadmisibles para un adolescente. “Con lo grande que es y es incapaz de tener su habitación ordenada”, “cuando le digo que ‘no’ se enfada como una cría”, “sabe lo que se juega este curso y es incapaz de coger un libro”… Como si todos los adultos fuésemos ordenados, supiéramos enfadarnos o llevásemos todas nuestras responsabilidades al día. También a menudo nos cuesta reconocer los aspectos más adultos de los adolescentes. Quizá tenga la habitación hecha un desastre pero acude puntual al entrenamiento, se enfada cuando algo no le gusta pero sabe defender sus opiniones, no estudia pero tiene interés por la música. Otro ejemplo más: tiene problemas pero reconoce que necesita ayuda. ¿Por qué no ofrecérsela?

Niños y adolescentes agradecen el apoyo profesional cuando encuentran a alguien que les comprende y les guía para que ellos también entiendan qué les está pasando. Más allá de síntomas y diagnósticos ¿cuándo pensáis vosotros que hay que llevar a los niños al psicólogo?

Kate Winslet tiene algo que decir

Tenía preparada una entrada sobre la importancia de hablar con los niños sobre la belleza, sobre ser uno mismo, sobre no dejarse amedrentar por los mensajes que reciban,… Pero Kate Winslet ganó el pasado domingo en la gala de los BAFTA el galardón a Mejor actriz secundaria y en la rueda de prensa una periodista le preguntó a quién le dedicaba el premio. La respuesta no tiene desperdicio:

“Sabes, a menudo, después de un momento como éste, me veo a mí misma pensando ‘debería haber dicho algo’, ‘debería…’, ya sabes… Cuando tenía 14 años, mi profesor de interpretación me dijo que podría irme bien si era feliz conformándome sólo con papeles de chica gorda. ¡Mírame ahora! ¡Mírame ahora! Así que lo que siento en estos momentos es que ninguna mujer joven que haya sido ninguneada por un profesor, por un amigo o incluso por sus padres, no debería hacer caso a nada de eso, porque eso es lo que yo hice. No les hice caso y continué y superé mis temores e inseguridades. Y seguid haciéndolo. Y seguid creyendo en vosotras mismas. Ya sabéis, eso es lo que yo sentí que tenía que hacer. Me gustaría dedicarle este premio a todas las chicas que dudan de sí mismas, porque no deberíais estar dudando, sólo deberíais ir a por ello.”

Toda la rueda de prensa vale la pena. La respuesta que os he transcrito llega sobre el minuto 6. Enjoy it!

Creo que nadie mejor que ella para dar este mensaje. Mi escrito tendrá que esperar…

3 claves de la adolescencia

socrates_salarvidalSócrates ya lo tenía claro hace 2500 años: algo pasa con los jóvenes. ¿Cómo son los adolescentes? ¿Qué necesitamos saber los adultos para relacionarnos con los ellos? En la entrada de hoy quiero destacar tres aspectos de la adolescencia que me parecen claves para entender esta etapa del desarrollo humano.

Mitad niño, mitad adulto: adolescente

Para la OMS la adolescencia comienza a los 10 años y acaba a los 19. Dicho con otras palabras: la adolescencia comienza cuando dejamos de ser niños y termina cuando empezamos a ser adultos. Algunos expertos consideran que las niñas comienzan a ser adolescentes cuando aparece la primera menstruación. Y dejamos de serlo cuando somos personas independientes, autónomas y con capacidad para comprometernos con proyectos que van más allá de nosotros.

El adolescente ha dejado de ser niño sin ser todavía adulto.

Esta transición no ocurre de la noche a la mañana y durante algún tiempo convivirán aspectos infantiles con aspectos adultos. Por eso los adolescentes parecen razonar como adultos pero, emocionalmente, funcionan aún como niños. Por ejemplo, J., de 15 años, vive con su madre desde que sus padres se divorciaron. En una misma tarde J. pasa de pedirle “mimitos” a llamarla “amargada” porque no lo deja salir un rato más. En este caso, J. ha percibido la situación de la madre como un adulto (mi madre está triste, irritable, angustiada,… desde que mi padre se fue) pero no ha medido las consecuencias de sus palabras (¿cómo se sentirá mi madre si le llamo amargada?, ¿mi madre necesita escucharlo?, ¿no hay otra forma de transmitirle mi enfado?). Estas reacciones desconciertan, comprensiblemente, a los adultos.

La tarea: construirme una identidad… y volver

Entre los problemas de matemáticas y los deberes de historia, los adolescentes tienen una tarea que cumplir: construirse una identidad. Pero no puede ser una identidad cualquiera. Tiene que ser una con la que se identifique positivamente (este soy yo, esto es lo que hago, esto es lo que me gusta,… y así está muy bien) y que le transmita sensación de seguridad. Su identidad infantil se le ha quedado pequeña, su cuerpo ha cambiado, no quiere ser tratado como un niño y sus padres ya no son ideales. Ahora el adolescente tiene que adaptarse e integrar los cambios en su cuerpo, en su forma de pensar, en sus emociones, en sus relaciones,… El primer paso será rebelarse contra los adultos, sus valores y las ideas recibidas de ellos. El segundo, quejarse de la falta de comprensión de sus padres y de los ataques que reciben por su parte en contra de su independencia. ¿Dónde “consigue” el adolescente su identidad?

A la izquierda, cómo veía a mi padre cuando tenía 8 años. A la derecha, cómo lo veo cuando tengo 18.

A la izquierda, cómo veía a mi padre cuando tenía 8 años. A la derecha, cómo lo veo cuando tengo 18.

Friends: I’ll be there for you

El adolescente contacta con otras personas fuera de la familia que le ayudan a configurar su nueva identidad. Aunque algunos serán adultos (una profesora carismática, un deportista de élite), estos no podrán igualar al grupo de iguales: los amigos, la pandilla, los colegas.

“Pasan todo el día juntas en clase y cuando llega a casa, sigue hablando con ella por el móvil, ¿qué se dirán?” Una madre sorprendida.

Estoy seguro de que el joven Sócrates departía con sus amistades por las calles de Atenas, hoy además de quedar y hablar, chatearía, le daría “like” y comentaría en el muro de sus amigos sobre temas mundanos y elevados. En ocasiones los adolescentes “traen a casa” las opiniones de los amigos, a veces para tantear el terreno (“digo que V. se va a hacer un piercing y en función de la respuesta, digo que yo también quiero uno”), a veces para poner en boca de otro lo que le da miedo decir a él (“P. dice que estudiar no sirve para nada”).

Hay adultos que saben relacionarse bien con los adolescentes casi por instinto. Pero pienso que no hay que dejar en manos del azar cómo nos dirigimos a ellos. Conocer y entender las características de esta etapa, nos ayudará a comunicarnos con ellos.