Luis Salar Vidal

Psicólogo

Etiqueta: límites

De los premios y castigos a los límites (2ª parte)

Si eres madre o padre de un adolescente y estás esperando un recetario de “medidas a adoptar” cuando se trata de poner límites, tengo malas noticias, no existe tal cosa. A cambio, te ofrezco un momento para reflexionar sobre el tema.

¿Qué tendrá que ver poner límites con las "gomas de pollo" de toda la vida?

¿Qué tendrá que ver poner límites con las «gomas de pollo» de toda la vida?

Muchas veces la necesidad de poner límites se despierta en los padres cuando ven los aspectos más infantiles de sus hijos (“no estudia”, “se pasa el día delante del ordenador”, “mira cómo tiene su habitación”). Estas situaciones suelen despertar en los padres miedos del tipo “mi hijo va a ser un fracasado” o “no sé qué va a ser de mi hija”. Muchas veces, estas manifestaciones más infantiles de los hijos tensan la relación con sus padres y complican la comunicación. Los padres, obviamente, se angustian y pueden reaccionar de forma impulsiva con un castigo imposible de cumplir y de mantener. Esta reacción enciende la agresividad del joven mediante malas caras, gritos, portazos,… Una madre me dijo “siento que mi hija enciende un fuego y nosotros vamos corriendo a apagarlo con gasolina”.

Los padres sienten la necesidad de poner urgentemente límites cuando observan los aspectos más infantiles de sus hijos adolescentes.

¿Cuál es el riesgo de seguir premiando?

E. ha empezado 4º de la ESO. El primer día de curso el tutor ya le ha advertido, tiene que ponerse las pilas si no quiere repetir curso. Los padres, para motivarla, le han prometido el móvil último modelo que tanta ilusión le hace si lo aprueba todo en junio. La madre no entiende que E. jurase que iba a estudiar cada día y que pasadas pocas semanas, tenga que insistirle cada tarde para que coja los libros. El colmo, para la madre, ha sido que E. le ha preguntado qué le daba si hacía los deberes esa tarde.

A todos nos gusta que valoren nuestro esfuerzo, el mundo adulto se rige, en parte, de esta manera: trabajo durante un mes para cobrar mi sueldo. También es verdad que tener en mente una recompensa (unas vacaciones) motiva a cumplir con unas obligaciones (ir a trabajar cada día). Y precisamente, ése es el principal riesgo, es decir, que el adolescente no desarrolle su propia autonomía, o no encuentre la forma de motivarse para hacer algo por sí mismo y espere siempre a recibir algo a cambio para moverse.

¿Cuál es el riesgo de castigar?

R. tiene 16 años y aunque siempre ha jugado a fútbol, esta temporada ha comenzado a destacar como central. Acude puntualmente a los tres entrenamientos programados durante la semana, tiene una buena relación con el entrenador y sus compañeros le han escogido capitán valorando su compromiso con el equipo. En la segunda evaluación le han quedado 6 asignaturas y su padre le ha castigado sin fútbol hasta junio (cuando dan las notas de fin de curso y acaba la competición) “para ver si así le dedica el mismo interés a los libros que a la pelota”.

En una reunión de padres, un participante sentenció “castigar bien es todo un arte” y razón, no le falta. Cuando castigamos, corremos el riesgo de privar al adolescente, y también al niño, de algo (una actividad, una relación, una experiencia) que fomenta su desarrollo personal, su proceso de socialización o su aprendizaje. ¿Cómo se sentirá R. cuando le aparten de algo en lo que sobresale, está comprometido y se siente valorado? ¿Con qué interés cogerá ahora los libros? Cuando castigamos desde la autoridad, infantilizamos al adolescente, le humillamos. En estas situaciones, los chicos se sienten sometidos. “Todo se tiene que hacer a la manera de mi padre”, dijo R. cuando se enteró del castigo. Esta vivencia incita a la desobediencia: “está equivocado si piensa que voy a estudiar más”.

Al castigar, nos arriesgamos a privar al adolescente de experiencias que favorecen su desarrollo personal.

¿Cómo se pone un límite?

Antes de dar alguna idea me gustaría aclarar que no existe una fórmula magistral. También me gustaría recordar que el sistema de “premios y castigos” se queda “pequeño” durante la adolescencia porque se ocupa de la parte más infantil del chico. Nosotros queremos estimular la parte más adulta, la parte responsable, consecuente, autónoma,… Los límites han de servir para que el adolescente pueda “cuidar”. Cuidar a las personas que le rodean, a su entorno y también cuidar de sí mismo. Y no para que papá y mamá estén contentos o me den algo a cambio. Este cambio, pasar de los premios a los límites, ha de ser paulatino, los padres tienen que ir delegando este “cuidado” en su hijo para que éste pueda ir asumiéndolo. Esto choca frontalmente con la fantasía, a menudo compartida por adultos y jóvenes, que “a los 18 años, puerta”. Pero, ¿qué pasaría si verdaderamente a los 18 años los chicos tuvieran que vérselas con el mundo adulto sin el acompañamiento de sus padres?

Entonces, ¿cómo tienen que ser los límites?

Los límites tienen que ser como una goma de pollo (1): firme y flexible. Firme porque sujeta y sostiene. Flexible porque cuando se da de sí, puede volver donde estaba. Además, tienen que cumplir con tres condiciones. Los límites han de ser razonables, razonados y tienen que permitir la reparación.

salar_vidal_limitesComo veis, “poner límites” no es una tarea sencilla y lo habitual es equivocarse. Pero probablemente el crecimiento de padres e hijos sólo será posible si se pueden resarcir los errores cometidos.

(1) Ojalá la comparación fuera mía. La he tomado prestada del Equipo de Atención al Menor de la Fundació Sant Pere Claver.

De los premios y castigos a los límites

Cuando hablo con padres de hijos adolescentes, un tema que surge con más o menos urgencia es la “necesidad de poner límites”. Algunos padres explican lo bien que les ha ido premiando y castigando el comportamiento de sus hijos hasta ahora. Al llegar a la adolescencia, entre sorprendidos y frustrados, estos mismos padres constatan que su método ha dejado de funcionar. Vaya por delante mi respeto a todos aquellos padres y cuidadores preocupados por la educación emocional de sus hijos. Espero que esta entrada y la siguiente os sean útiles. Antes de explicar por qué dejan de ser eficaces, creo que es importante aclarar qué entendemos por premiar y castigar y por qué funciona.

¿Por qué funcionan los premios y los castigos?

Un premio es la recompensa que se da por algún mérito. El mérito puede ir desde acabar los deberes a jugar amigablemente con otros niños y el premio, por ejemplo, un elogio, una muestra de cariño o ciertos privilegios. El castigo consiste en imponer una pena por no haber conseguido el propósito esperado. La pena sería quedarse sin privilegios (no me puedo quedar más rato viendo la televisión) o tener que reparar el daño cometido (tengo que limpiar lo que he ensuciado). La idea es que la recompensa aumenta la motivación para cumplir con el objetivo marcado y la posibilidad del castigo nos da motivos para cumplir con lo que se espera de nosotros.

Justo antes de la adolescencia, de los 6 a los 11 años aproximadamente, el pensamiento mágico (pensar que las cosas pasan como yo creo que pasan) va perdiendo terreno frente al pensamiento operatorio (el funcionamiento de las cosas sigue una lógica… más allá que a mí me guste o no). Este cambio se debe a la maduración progresiva del neocórtex del área prefrontal. Las nuevas conexiones entre neuronas llenan de contenido el mundo representacional del niño. Lo que le rodea entra con más fuerza por sus sentidos y su pensamiento se vuelve más realista porque contacta con los principios que rigen la vida: el tiempo, el espacio, las convenciones sociales,…

El neocórtex es el lugar donde residen la formación y elaboración de las funciones cerebrales más complejas.

El neocórtex es el lugar donde residen la formación y elaboración de las funciones cerebrales más complejas.

De esta manera, el niño va descubriendo que cada acto que hace tiene sus consecuencias y que si éstas son desagradables, tiene que evitar las causas que las provocan. Por eso, los cuentos y los juegos de mesa son tan populares en estas edades. El niño puede ahora entender que si eres un cerdito y no quieres que el lobo tumbe tu casa de un soplido, será mejor que la construyas de ladrillo y cemento. Vamos aprendiendo que la vida no funciona tan mágicamente como pensábamos y que vale la pena seguir las normas para conseguir lo que queremos. Si respeto las normas, si acepto que hay una autoridad y si entiendo que hay otro, me lo voy a pasar muy bien jugando al parchís con mis hermanos, por ejemplo.

Hago un inciso para ilustrar todo esto. Los que hayáis visto jugar a fútbol en el recreo a niños de primaria, habréis presenciado dos cosas. Una, la cantidad de normas que se ponen los mismos niños antes de empezar el partido (eligen los equipos, sitúan las porterías, deciden que no vale chutar fuerte de cerca,…). Y dos, los niños se enfadan con quien no respeta las normas pero no con quien no es habilidoso, en otras palabras, ellos mismos riñen al que ha chutado “de cerca” pero no al que ha fallado un gol cantado.

Antes de empezar el partido, estos chicos han puesto las normas para poder disfrutar del juego.

Antes de empezar el partido, estos chicos han puesto las normas para poder disfrutar del juego.

Hay otras variables que hacen que el sistema de premios y castigos funcione. Ofrecer el premio inmediatamente después de que el niño cumpla su parte, dejarle claro qué se espera de él, cumplir siempre con el premio prometido o el castigo advertido,… todo esto hace que el método sea cada vez más efectivo hasta que… deja de serlo.

¿Por qué dejan de funcionar los premios y los castigos?

Premiar y castigar funciona hasta que los premios dejan de motivar porque son muy fáciles o muy difíciles de conseguir o no se pueden disfrutar hasta pasado mucho tiempo. También sucede que los castigos se ponen mal y a menudo son vividos con miedo y como un ejemplo de la tiranía de los padres: “ahora te quedas sin Play porque yo lo digo”. Por sus propias experiencias, los niños también aprenden que no siempre hacerlo bien garantiza el éxito, a los buenos también les pasan cosas malas y los malos también ganan.

Pero principalmente dejan de ser efectivos porque el niño ha crecido y se está convirtiendo en un adolescente. Durante la adolescencia elaboramos nuestro criterio propio. Estamos creando una nueva identidad que nos ayude a superar la dependencia respecto a los padres. El adolescente descubre que las normas se pueden consensuar, discutir, acordar y cambiar, si es necesario. También hay un rechazo de la autoridad de los padres y de sus criterios: mi madre me dice que coja la chaqueta porque ha refrescado, pero salgo en manga corta porque yo no tengo frío.

Los adolescentes necesitan de sus padres para poder independizarse de ellos”

Pero esta elaboración de la identidad no pasa de la noche a la mañana y justo en este periodo de transición los chicos necesitan que alguien les explique que hay cosas que no pueden hacer, no porque se vayan a enfadar sus padres o en el instituto, si no porque no está bien hacerlo más allá de que haya una ley o una norma que así lo diga.

Dejamos a los adolescentes prácticamente insensibles a los premios y castigos que sus esforzados padres les ofrecen. En la próxima entrada veremos qué podemos hacer para “poner límites”. ¡Espero que os esté resultando interesante este tema!