Luis Salar Vidal

Psicólogo

Etiqueta: empatía

Validar

Convivir con un hijo adolescente puede ser un auténtico reto. Un día le estás dando el beso de buenas noches a tu niño, a la mañana siguiente, caminas de puntillas para no despertar a la “bestia”. Durante la adolescencia, muchos padres califican la relación con sus hijos como impredecible o desagradable y sienten que hablan en otro idioma.

Tras trabajar durante diez años con adolescentes y sus familias, creo que mi rol como psicólogo es el de traductor. Es decir, trabajo para que padres e hijos entiendan el idioma del otro y así puedan comunicarse. Existen muchas herramientas para ayudar a padres e hijos a conectar de nuevo, pero quizás la más útil sea la validación.

Validar es conocer los pensamientos y sentimientos del otro y darle a entender que lo que piensa y siente tiene sentido y es comprensible dadas las circunstancias. Validar no significa estar de acuerdo. Es mostrar que estamos escuchando y entendiendo lo que el otro quiere decir sin juzgarlo.

¿Cómo validamos a un adolescente?

A menudo, los chicos se sienten criticados o no escuchados por sus padres. Esta percepción suele acabar en conflicto y, a la larga, los hijos dejan de hablar con sus padres. Cuando los adultos validan, los jóvenes se sienten más dispuestos a conversar y están más receptivos a la información que les dan los adultos.

Validar calma los ánimos y fomenta el diálogo. En mi experiencia, la mayoría de padres sólo quieren conversar con sus hijos y cuando validan, los canales de comunicación se abren de nuevo. De igual manera, los adolescentes disfrutan hablando con un adulto que les entienda pero en cuento huelen un ápice de juicio, se cierran, atacan o salen pitando.

Parece sencillo, ¿no? La verdad es que validar a un hijo adolescente puede resultar difícil por muchas razones. Algunas veces, el comportamiento adolescente nos parece irracional y es una auténtica hazaña rescatar algo que validar. Otras, después de muchas frustraciones y discusiones, las ganas de validar se han esfumado. Finalmente, muchos padres se atascan pensando que cuando validan a sus hijos, están dando su brazo a torcer.

Validar no es decirle al otro que lo está haciendo todo bien; es usar una herramienta que nos ayuda a empezar un diálogo y prevenir un conflicto.

Validando paso a paso

Aunque aquí muestro una secuencia, no hay un orden correcto a seguir y no es necesario utilizar todos los pasos en una misma situación.

 - Escucha activamente y sin juzgar. Sin este principio, no podemos hacer nada.
 - Reflexiona sobre sus pensamientos y sentimientos (no sobre los tuyos). De esta manera, se sentirá escuchado y se evitan malos entendidos porque nos podrá corregir en caso de haber malinterpretado algo. Por ejemplo: “Me ha parecido que decías que te sentías agobiado por todo lo que tienes que hacer”.
 - Empatiza. En ocasiones, los adolescentes no dicen abiertamente cómo se sienten. Entonces nos tenemos que aventurar a poner palabras sobre lo que pueden estar sintiendo. Por ejemplo: “Si mis padres me dijeran que están preocupados por los amigos con los que salgo, seguramente me enfadaría y me sentiría juzgado. ¿Es así como te sientes?”.
 - Conoce los motivos de su reacción intentando mostrar comprensión por su comportamiento. Por ejemplo: “Entiendo que te sientas tan triste después de que tu amigo pasara de ti. Tú valoras mucho su amistad y no piensas haberle hecho nada para que no te haga caso”.
 - Reconoce lo que hace bien, sus buenas ideas su buen criterio. Por ejemplo: "Debe ser complicado para ti intentar hacer lo mejor en esta situación manteniendo la calma”.

Para acabar algo con lo que comenzar

Piensa la última vez que alguien te escuchó de verdad. ¿Cómo te sentiste? ¿Sentías que te entendían? ¿Sentiste que podías compartir algo más con esa persona? A todos nos gusta sentirnos validados, también a los adolescentes.

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¿Quién es quién en el bullying?

Las primeras investigaciones sobre el bullying, o acoso escolar, se centraron, básicamente, en el acosador. ¿Quién era? ¿Qué le motivaba? ¿Qué hacía? A pesar de ser el objetivo de burlas y golpes, la víctima, recibía menos atención. Estos trabajos respondían a una visión individualista: en la intimidación hay uno que la realiza y otro que la recibe.

Estudios más recientes han superado este marco y explican el fenómeno del acoso entre iguales desde su dimensión relacional. Además de acosador y víctima, en una situación de violencia en la escuela, hay muchos compañeros conocedores de tales circunstancias, y, por tanto, implicados. Cada uno de estos reaccionará de forma diferente ante estas agresiones.

En una entrada anterior, explicaba la diferencia entre agresividad, violencia y bullying. Cuando hablamos de acoso escolar nos referimos a un maltrato sistemático entre iguales, mantenido en el tiempo y con la intención de hacer mal, imponiendo el esquema de abuso de poder desequilibrado entre víctima y agresor.

Aunque se den en la escuela, agresividad, violencia y acoso no son lo mismo.

Una visión interpersonal del acoso escolar implica tres roles principales: agresor, víctima y espectadores. Un factor que mantendrá la situación de bullying será la respuesta que den estos últimos como testigos.

¿Quién es quién?

Los acosadores son los que llevan a cabo los ataques. Normalmente son impulsivos, dominantes y nada empáticos con sus compañeros. Los que utilizan la fuerza física para intimidar suelen ser robustos. Con los adultos, se muestran desafiantes y violentos. Aunque no son especialmente habilidosos socialmente, son más populares que las víctimas y cuentan con un número considerable de seguidores: los colaboradores y los animadores.

Los colaboradores se ponen del lado del acosador, dependen de él y pueden provocar verbal y físicamente para propiciar una agresión. A pesar de esto, también comparten características con las víctimas y el resto de espectadores. Cuando no desempeñan este papel, se muestran abiertos a resolver los conflictos desde el diálogo.

Los animadores respaldan al acosador alentándolo en sus acciones o riéndose de la víctima. Suelen ser un grupo numeroso que ha normalizado la situación de acoso y la viven como algo curioso y divertido.

Los animadores piensan que un compañero agrada a otro ‘son cosas que pasan’.

En el otro extremo encontramos a la víctima. Las víctimas reciben las agresiones y, aunque no todas reaccionan igual, mayoritariamente responden de forma sumisa y no explican nada de lo sucedido. Suelen ser chicos inseguros, sensibles y poco populares en clase. Aquellas víctimas más activas y seguras de sí mismas, desarrollan actitudes negativas hacia sus compañeros. Mediante burlas, por ejemplo, estas víctimas logran desencadenar una reacción agresiva en los demás que acaba en su contra.

Los distintos roles en el acoso escolar.

Los distintos roles en el acoso escolar.

Los defensores empatizan con las víctimas y le muestran su apoyo de forma más o menos explícita. Unos saldrán en su defensa en el momento del acoso, mientras otros le mostrarán su apoyo en privado.

Finalmente, nos encontramos con un grupo minoritario de compañeros que saben lo que está pasando pero que no intervienen por miedo a las consecuencias que puedan recibir, los espectadores neutrales. Aunque se identifican con la víctima, con su silencio, pretenden evitar convertirse en la próxima. Este miedo a ser los siguientes les puede hacer animar al agresor en sus actos.

Habla un espectador: “Yo no digo nada para que no la tomen conmigo.”

Como hemos visto, el bullying es un fenómeno complejo con varios elementos interactuando entre sí. En otra entrada hablaré sobre el papel de los adultos en estas situaciones. Alumnos, padres y profesores han de ser conscientes de que el acoso escolar debe denunciarse.

Empatía en 3 minutos

Empatía es una de esas palabras del ámbito psicológico que han pasado a ser de dominio público. Un ejemplo, si en el buscador de noticias de un periódico ponéis esta palabra, encontraréis a un futbolista afirmando que el nuevo entrenador tiene más empatía con los jugadores que el anterior, a un miembro de la Audiencia Pública reclamando más empatía para combatir el acoso escolar y hasta a un político pidiendo empatía para respetar opiniones diversas…

A veces confundimos Empatía con “Simpatía” o con “Compasión”. Simpatía es la inclinación afectiva entre personas o hacia los animales, generalmente espontánea y mutua o como un modo de ser que hace a una persona atractiva a los ojos de los demás. Por su parte, Compasión es un sentimiento de pena ante los males de otro.

¿Cómo definimos Empatía? Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Os dejo con este ilustrativo video sobre la Empatía. ¡Espero que os guste!

Nota: Han subtitulado “sympathy” como simpatía. La traducción correcta sería “compasión”. De esta manera se entiende mejor el mensaje.

Comprender para ser comprendido

Cuando era pequeño, en las puertas de los vagones del metro había un cartel que ponía “Dejen salir antes de entrar”. El mensaje es claro: si quieres entrar, antes, facilita la salida del que está dentro; porque cuando el otro salga, dejará libre un espacio que tú podrás ocupar. Pues bien, en la comunicación interpersonal pasa exactamente lo mismo. Para que te comprendan, antes tienes que comprender tú al otro. Os pongo un (mal) ejemplo:

… ¿y quién escucha a la hija?

– Hija, desde hace unos días te veo triste, ¿qué te pasa?
– No sé… Vas a pensar que es una tontería, mamá.
– ¡De ninguna manera! Puedes confiar en mí. Puedes explicarme lo que sea. ¿Qué te preocupa?
– Bueno, te diré la verdad, no me gusta nada lo que estoy estudiando.
– ¡¿Qué?! ¿Qué quieres decir que no te gusta lo que estás estudiando? ¡Con lo que te ha costado entrar en la carrera! ¡Y el esfuerzo que hemos hecho para pagar la matrícula! Si estudiaras más, no te pasaría eso. Fíjate en tu hermana, ella sí que aprovecha el tiempo. Mira que te lo hemos dicho veces, deja der ir con esas compañías. Le tienes que poner más ganas…

Muchas veces arreglamos las cosas con un consejo precipitado cargado de buenas intenciones. Y dedicamos poco tiempo a comprender qué le está pasando realmente al otro. Todos deberíamos llevar un cartel que dijera: “Comprenda antes de ser comprendido”. Lo que dice la madre del ejemplo es perfecto, pero no tiene nada que ver con su hija. Es probable que la joven se ponga a la defensiva y no confíe en el mensaje de su madre ¿cómo puede decir que le puedo explicar todo si no me comprende? ¿Cómo le voy a hacer caso si no sabe lo que me pasa? Es lo que puede estar pensando.

Los buenos consejos no sirven de nada si no somos capaces de entender qué le pasa al otro.

¿Y por qué sucede esto? Porque procuramos que nos entiendan antes y luego ya veremos qué hacemos con lo que nos dice el otro. Esto nos hace estar preparando una respuesta cuando nos están hablando, en vez de estar escuchando de verdad. Llevamos a nuestro terreno lo que nos explica el otro: “es terrible lo que te pasa, déjame que te cuente mi experiencia”. Esto es un ejemplo de cómo priorizamos que nos entiendan primero. Por eso muchas veces las conversaciones son monólogos disfrazados y la escucha la dejamos en modo automático.

Cuando no escuchamos de verdad al otro, las conversaciones se convierten en monólogos intercalados.

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He puesto un ejemplo relacionado con la vida familiar pero estas situaciones pasan en cualquier contexto. Hace tiempo, entré en una entidad financiera cuyo eslogan te invitaba a hablar con uno de sus empleados. La persona que me atendió me ofreció, muy amablemente, un datáfono, un seguro de vida y un plan de pensiones antes de que le pudiera decir que quería abrir una simple cuenta corriente. En seguida me transmitió que para ella, y para su banco, lo importante era promocionar los productos en oferta. Lo que yo necesitara era secundario. Seguro que os habéis sentido poco tenidos en cuenta en algún momento.

En otra entrada os propondré un cambio en la forma de relacionaros basado en comprender al otro. Hasta entonces, procurad entender antes, así será más fácil que os entiendan.