Luis Salar Vidal

Psicólogo

Etiqueta: adolescentes

Validar

Convivir con un hijo adolescente puede ser un auténtico reto. Un día le estás dando el beso de buenas noches a tu niño, a la mañana siguiente, caminas de puntillas para no despertar a la “bestia”. Durante la adolescencia, muchos padres califican la relación con sus hijos como impredecible o desagradable y sienten que hablan en otro idioma.

Tras trabajar durante diez años con adolescentes y sus familias, creo que mi rol como psicólogo es el de traductor. Es decir, trabajo para que padres e hijos entiendan el idioma del otro y así puedan comunicarse. Existen muchas herramientas para ayudar a padres e hijos a conectar de nuevo, pero quizás la más útil sea la validación.

Validar es conocer los pensamientos y sentimientos del otro y darle a entender que lo que piensa y siente tiene sentido y es comprensible dadas las circunstancias. Validar no significa estar de acuerdo. Es mostrar que estamos escuchando y entendiendo lo que el otro quiere decir sin juzgarlo.

¿Cómo validamos a un adolescente?

A menudo, los chicos se sienten criticados o no escuchados por sus padres. Esta percepción suele acabar en conflicto y, a la larga, los hijos dejan de hablar con sus padres. Cuando los adultos validan, los jóvenes se sienten más dispuestos a conversar y están más receptivos a la información que les dan los adultos.

Validar calma los ánimos y fomenta el diálogo. En mi experiencia, la mayoría de padres sólo quieren conversar con sus hijos y cuando validan, los canales de comunicación se abren de nuevo. De igual manera, los adolescentes disfrutan hablando con un adulto que les entienda pero en cuento huelen un ápice de juicio, se cierran, atacan o salen pitando.

Parece sencillo, ¿no? La verdad es que validar a un hijo adolescente puede resultar difícil por muchas razones. Algunas veces, el comportamiento adolescente nos parece irracional y es una auténtica hazaña rescatar algo que validar. Otras, después de muchas frustraciones y discusiones, las ganas de validar se han esfumado. Finalmente, muchos padres se atascan pensando que cuando validan a sus hijos, están dando su brazo a torcer.

Validar no es decirle al otro que lo está haciendo todo bien; es usar una herramienta que nos ayuda a empezar un diálogo y prevenir un conflicto.

Validando paso a paso

Aunque aquí muestro una secuencia, no hay un orden correcto a seguir y no es necesario utilizar todos los pasos en una misma situación.

 - Escucha activamente y sin juzgar. Sin este principio, no podemos hacer nada.
 - Reflexiona sobre sus pensamientos y sentimientos (no sobre los tuyos). De esta manera, se sentirá escuchado y se evitan malos entendidos porque nos podrá corregir en caso de haber malinterpretado algo. Por ejemplo: “Me ha parecido que decías que te sentías agobiado por todo lo que tienes que hacer”.
 - Empatiza. En ocasiones, los adolescentes no dicen abiertamente cómo se sienten. Entonces nos tenemos que aventurar a poner palabras sobre lo que pueden estar sintiendo. Por ejemplo: “Si mis padres me dijeran que están preocupados por los amigos con los que salgo, seguramente me enfadaría y me sentiría juzgado. ¿Es así como te sientes?”.
 - Conoce los motivos de su reacción intentando mostrar comprensión por su comportamiento. Por ejemplo: “Entiendo que te sientas tan triste después de que tu amigo pasara de ti. Tú valoras mucho su amistad y no piensas haberle hecho nada para que no te haga caso”.
 - Reconoce lo que hace bien, sus buenas ideas su buen criterio. Por ejemplo: "Debe ser complicado para ti intentar hacer lo mejor en esta situación manteniendo la calma”.

Para acabar algo con lo que comenzar

Piensa la última vez que alguien te escuchó de verdad. ¿Cómo te sentiste? ¿Sentías que te entendían? ¿Sentiste que podías compartir algo más con esa persona? A todos nos gusta sentirnos validados, también a los adolescentes.

Guardar

«Papá, quiero ser…»

No siempre es fácil para los padres entender la vocación de sus hijos. Además de la angustia por clarificar su futuro, los chicos tienen que lidiar con la presión de tener éxito… signifique ‘éxito’ lo que signifique.

Muchas veces, los jóvenes no saben qué estudiar. Todos los que hemos pasado por el trance de escoger una formación, sabemos que uno no siempre acaba eligiendo pensando en lo que le gusta, sino que lo hace por los supuestos beneficios económicos que dará tal o cual profesión.

En esto los padres lo tienen claro: prefieren que su hijo sea un ingeniero del montón a tener un apasionado artista como heredero. Muchas veces, para no herir la sensibilidad del joven, acceden a buscar soluciones intermedias. “Ni hablar de ‘Bellas Artes’. ¿Qué tal ‘Diseño Industrial’?”.

Desde la angustia, los padres preguntan ¿de qué sirve tener una profesión de la que no puedes vivir, que no paga facturas? A veces les contesto que la ingeniería ha dado de comer a muchos hombres, a la vez que les iba quitando la alegría por su trabajo.

Pienso que con las chicas, los padres son más (malévolamente) permisivos ya que a menudo la exigencia se reduce a “que trabaje, da igual de qué, pero que trabaje”. Como si trabajar, de lo que sea, fuera lo máximo a lo que su hija pudiera aspirar, sin importar sus deseos, sus capacidades o sus intereses.

A los hombres, en cambio, se nos demanda que seamos analíticos, líderes, directivos, seguros, resolutivos,… ¡exitosos! Cuando estas aptitudes sólo las tienen algunos, y algunas mujeres, claro está, y sólo puede ganar uno.

Williams y Bennet realizaron un estudio sobre lo que hombres y mujeres consideraban valores masculinos y femeninos. Los diez primeros valores masculinos escogidos por los propios hombres aparecen en la imagen.  Foto original de Lauren Mitchell.

Williams y Bennet realizaron un estudio sobre lo que hombres y mujeres consideraban valores masculinos y femeninos. Los diez primeros valores masculinos escogidos por los propios hombres aparecen en la imagen. Foto original de Lauren Mitchell.

No todos los hombres sienten interés por dirigir, vencer o resolver cualquier clase de problema. No estoy defendiendo la duda patológica o el desentenderse de las obligaciones de uno. Pero creo en el derecho de los hombres, de cualquier edad, de no saber qué hacer, sin que nos castiguen, ni castigarnos,  por ello.

Admitir nuestras limitaciones y que se nos acepte también con ellas nos humaniza y nos libera. Pedir ayuda nos rescata de tener que saberlo todo. Y todo ello nos permite aprender, descubrir, para finalmente, escoger.

Tres casos curiosos

brianmaynasa2Aunque le construyó su guitarra eléctrica, el padre de Brian May se llevó un disgusto cuando, a principios de los 70 su hijo dejó colgado su doctorado en Astrofísica para vender más 200 millones de discos con Queen. Finalmente, May defendió su tesis en 2008 y en 2015 colaboró con la NASA en su proyecto “New Horizons”.

 

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Foto de milenamphoto.

José Miguel Monzón Navarro, más conocido El Gran Wyoming, nació en el seno de una familia de farmacéuticos. Se licenció en Medicina pero abandonó su trabajo como médico para dedicarse al mundo del espectáculo. Se ha ganado la vida como humorista actor, músico, escritor y columnista. Actualmente es el presentador del programa de televisión El intermedio, en La Sexta.

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Querido por la crítica y el público, Eduardo Mendoza comenzó a escribir mientras realizaba las prácticas de Derecho. Este año ha ganado el premio Cervantes. (Foto de Piotr Drabik.

http://www.lavanguardia.com/cultura/20161201/412302281243/el-novelista-que-surgio-del-abogado.html

 

Notas:
 Williams, J.E. & Bennett, S.M. Sex Roles (1975) 1: 327. doi:10.1007/BF00287224

Las dificultades en el aprendizaje

Imagina ir a trabajar y no ser capaz de hacer tu trabajo. Ahora imagina que no puedes dejar tu empleo. Imagina que eso te pasa cada día. Así es la vida de un chico con dificultades en el aprendizaje.

Las dificultades en el aprendizaje afectan a un número considerable de estudiantes a lo largo de toda su vida académica y, a menudo, también interfieren en su comportamiento en el aula. ¿Cómo portarse bien en clase cuando uno no entiende nada?

La convivencia con los padres, la relación con los amigos, las reacciones ante los profesores y, más adelante, el trabajo, también se ven perjudicados por estos problemas. Durante la escolarización, resultan un obstáculo para escuchar, razonar, calcular, archivar y recuperar la información, escribir, leer o expresarse.

 Algunas señales de alerta son:

  •  Falta de interés por los temas relacionados con el colegio o los estudios.
  • Acoso escolar.
  • Confusión sobre lo que tiene que estudiar.
  • Bajo rendimiento.
  • Postergación de obligaciones.
  • Mal manejo del tiempo.
Niños con dificultades en el aprendizaje se sienten frustrados cuando tienen que estudiar. (Foto de: www.amenclinics.com)

Niños con dificultades en el aprendizaje se sienten frustrados cuando tienen que estudiar. (Foto de: www.amenclinics.com)

Una identificación temprana puede resultar significativamente beneficiosa. Por ejemplo, un niño al que le cuesta especialmente leer en primaria tiene más posibilidades de rendir por debajo de sus posibilidades en el instituto.

No todos los casos son iguales. Algunos alumnos siempre han tenido problemas para aprender nuevos contenidos, mientras otros lo han hecho bien durante los primeros años de escuela y han comenzado a tener problemas a medida que los cursos se iban complicando. Algunos chicos tienen problemas en algunas asignaturas pero en otras aprenden fácilmente.

Aunque habitualmente sean descritos como “vagos” o se les diga hasta la saciedad que rinden por debajo de sus posibilidades, la mayoría tienen una inteligencia normal. Una buena evaluación psicológica será útil para ver qué está pasando y qué cambios educativos se pueden aplicar.

En muchas ocasiones, chicos diagnosticados de TDAH también presentan estos problemas. También es habitual que se muestren nerviosos o inseguros ¡Imposible sentirse bien cuando uno no para de escuchar lo mal que lo hace!

También ocurre en el sentido contrario. Es posible que un chico desarrolle un cuadro de estrés como resultado de sus dificultades académicas. Es decir, un chico que tenga estas dificultades y que no esté recibiendo el tratamiento adecuado puede angustiarse ante la presión de los padres para que saque mejores notas o frustrarse ante unos profesores que no le ofrecen la ayuda que necesita. Como consecuencia, el chico puede no querer ir a la escuela o manifestar este estrés en forma de agresividad hacia un adulto o un compañero.

¿Por dónde empezamos?
Una buena evaluación nos dirá sobre qué procesos trabajar en la solución de problemas matemáticos.

Una buena evaluación nos dirá sobre qué procesos trabajar en la solución de problemas matemáticos.

La evaluación inicial es el proceso que nos informa si el alumno tiene alguna dificultad y qué objetivos se tratarán durante la reeducación. Es el primer paso en el desarrollo de una intervención que le ayude a aprender. Para ello, reunimos información de varias fuentes sobre su funcionamiento y desarrollo. Padres, profesores y otros adultos allegados informan sobre aspectos cognitivos, del comportamiento, físico, emocional y del desarrollo, entre otras áreas. Todos esos datos se usan para determinar qué necesidades educativas presenta.

La evaluación psicopedagógica quiere conseguir:

  • Identificar si hay retrasos en los aprendizajes.
  •  Detectar  qué problemas concretos tiene el niño para aprender y detectar sus puntos fuertes.
  • Planificar un programa individualizado para que aprenda.
  • Elaborar estrategias que le sean útiles para aprender.
  • Medir el progreso: ¿Está ayudando la intervención? ¿De qué manera? ¿Qué queda por mejorar?

 Las dificultades del aprendizaje más conocidas son:

Dislexia. Afecta la fluidez y la comprensión de la lectura, la escritura, la ortografía, el habla y el recuerdo. La dislexia puede afectar al aprendizaje basado en el lenguaje.

Discalculia. Es difícil para las personas con discalculia comprender los símbolos matemáticos, organizar o memorizar números. Habilidades como entender números y aprender hechos basados en matemáticas se ven afectados. 

Disgrafía. Esta dificultad dificulta escribir de forma legible, separar las palabras correctamente, deletrear, pensar y redactar al mismo tiempo, o situarse espacialmente en el papel.

 En una próxima entrada os pondré ejemplos reales sobre intervenciones reeducativas de las que se han beneficiado algunos estudiantes.

¿Quién es quién en el bullying?

Las primeras investigaciones sobre el bullying, o acoso escolar, se centraron, básicamente, en el acosador. ¿Quién era? ¿Qué le motivaba? ¿Qué hacía? A pesar de ser el objetivo de burlas y golpes, la víctima, recibía menos atención. Estos trabajos respondían a una visión individualista: en la intimidación hay uno que la realiza y otro que la recibe.

Estudios más recientes han superado este marco y explican el fenómeno del acoso entre iguales desde su dimensión relacional. Además de acosador y víctima, en una situación de violencia en la escuela, hay muchos compañeros conocedores de tales circunstancias, y, por tanto, implicados. Cada uno de estos reaccionará de forma diferente ante estas agresiones.

En una entrada anterior, explicaba la diferencia entre agresividad, violencia y bullying. Cuando hablamos de acoso escolar nos referimos a un maltrato sistemático entre iguales, mantenido en el tiempo y con la intención de hacer mal, imponiendo el esquema de abuso de poder desequilibrado entre víctima y agresor.

Aunque se den en la escuela, agresividad, violencia y acoso no son lo mismo.

Una visión interpersonal del acoso escolar implica tres roles principales: agresor, víctima y espectadores. Un factor que mantendrá la situación de bullying será la respuesta que den estos últimos como testigos.

¿Quién es quién?

Los acosadores son los que llevan a cabo los ataques. Normalmente son impulsivos, dominantes y nada empáticos con sus compañeros. Los que utilizan la fuerza física para intimidar suelen ser robustos. Con los adultos, se muestran desafiantes y violentos. Aunque no son especialmente habilidosos socialmente, son más populares que las víctimas y cuentan con un número considerable de seguidores: los colaboradores y los animadores.

Los colaboradores se ponen del lado del acosador, dependen de él y pueden provocar verbal y físicamente para propiciar una agresión. A pesar de esto, también comparten características con las víctimas y el resto de espectadores. Cuando no desempeñan este papel, se muestran abiertos a resolver los conflictos desde el diálogo.

Los animadores respaldan al acosador alentándolo en sus acciones o riéndose de la víctima. Suelen ser un grupo numeroso que ha normalizado la situación de acoso y la viven como algo curioso y divertido.

Los animadores piensan que un compañero agrada a otro ‘son cosas que pasan’.

En el otro extremo encontramos a la víctima. Las víctimas reciben las agresiones y, aunque no todas reaccionan igual, mayoritariamente responden de forma sumisa y no explican nada de lo sucedido. Suelen ser chicos inseguros, sensibles y poco populares en clase. Aquellas víctimas más activas y seguras de sí mismas, desarrollan actitudes negativas hacia sus compañeros. Mediante burlas, por ejemplo, estas víctimas logran desencadenar una reacción agresiva en los demás que acaba en su contra.

Los distintos roles en el acoso escolar.

Los distintos roles en el acoso escolar.

Los defensores empatizan con las víctimas y le muestran su apoyo de forma más o menos explícita. Unos saldrán en su defensa en el momento del acoso, mientras otros le mostrarán su apoyo en privado.

Finalmente, nos encontramos con un grupo minoritario de compañeros que saben lo que está pasando pero que no intervienen por miedo a las consecuencias que puedan recibir, los espectadores neutrales. Aunque se identifican con la víctima, con su silencio, pretenden evitar convertirse en la próxima. Este miedo a ser los siguientes les puede hacer animar al agresor en sus actos.

Habla un espectador: “Yo no digo nada para que no la tomen conmigo.”

Como hemos visto, el bullying es un fenómeno complejo con varios elementos interactuando entre sí. En otra entrada hablaré sobre el papel de los adultos en estas situaciones. Alumnos, padres y profesores han de ser conscientes de que el acoso escolar debe denunciarse.

Kate Winslet tiene algo que decir

Tenía preparada una entrada sobre la importancia de hablar con los niños sobre la belleza, sobre ser uno mismo, sobre no dejarse amedrentar por los mensajes que reciban,… Pero Kate Winslet ganó el pasado domingo en la gala de los BAFTA el galardón a Mejor actriz secundaria y en la rueda de prensa una periodista le preguntó a quién le dedicaba el premio. La respuesta no tiene desperdicio:

“Sabes, a menudo, después de un momento como éste, me veo a mí misma pensando ‘debería haber dicho algo’, ‘debería…’, ya sabes… Cuando tenía 14 años, mi profesor de interpretación me dijo que podría irme bien si era feliz conformándome sólo con papeles de chica gorda. ¡Mírame ahora! ¡Mírame ahora! Así que lo que siento en estos momentos es que ninguna mujer joven que haya sido ninguneada por un profesor, por un amigo o incluso por sus padres, no debería hacer caso a nada de eso, porque eso es lo que yo hice. No les hice caso y continué y superé mis temores e inseguridades. Y seguid haciéndolo. Y seguid creyendo en vosotras mismas. Ya sabéis, eso es lo que yo sentí que tenía que hacer. Me gustaría dedicarle este premio a todas las chicas que dudan de sí mismas, porque no deberíais estar dudando, sólo deberíais ir a por ello.”

Toda la rueda de prensa vale la pena. La respuesta que os he transcrito llega sobre el minuto 6. Enjoy it!

Creo que nadie mejor que ella para dar este mensaje. Mi escrito tendrá que esperar…

3 claves de la adolescencia

socrates_salarvidalSócrates ya lo tenía claro hace 2500 años: algo pasa con los jóvenes. ¿Cómo son los adolescentes? ¿Qué necesitamos saber los adultos para relacionarnos con los ellos? En la entrada de hoy quiero destacar tres aspectos de la adolescencia que me parecen claves para entender esta etapa del desarrollo humano.

Mitad niño, mitad adulto: adolescente

Para la OMS la adolescencia comienza a los 10 años y acaba a los 19. Dicho con otras palabras: la adolescencia comienza cuando dejamos de ser niños y termina cuando empezamos a ser adultos. Algunos expertos consideran que las niñas comienzan a ser adolescentes cuando aparece la primera menstruación. Y dejamos de serlo cuando somos personas independientes, autónomas y con capacidad para comprometernos con proyectos que van más allá de nosotros.

El adolescente ha dejado de ser niño sin ser todavía adulto.

Esta transición no ocurre de la noche a la mañana y durante algún tiempo convivirán aspectos infantiles con aspectos adultos. Por eso los adolescentes parecen razonar como adultos pero, emocionalmente, funcionan aún como niños. Por ejemplo, J., de 15 años, vive con su madre desde que sus padres se divorciaron. En una misma tarde J. pasa de pedirle “mimitos” a llamarla “amargada” porque no lo deja salir un rato más. En este caso, J. ha percibido la situación de la madre como un adulto (mi madre está triste, irritable, angustiada,… desde que mi padre se fue) pero no ha medido las consecuencias de sus palabras (¿cómo se sentirá mi madre si le llamo amargada?, ¿mi madre necesita escucharlo?, ¿no hay otra forma de transmitirle mi enfado?). Estas reacciones desconciertan, comprensiblemente, a los adultos.

La tarea: construirme una identidad… y volver

Entre los problemas de matemáticas y los deberes de historia, los adolescentes tienen una tarea que cumplir: construirse una identidad. Pero no puede ser una identidad cualquiera. Tiene que ser una con la que se identifique positivamente (este soy yo, esto es lo que hago, esto es lo que me gusta,… y así está muy bien) y que le transmita sensación de seguridad. Su identidad infantil se le ha quedado pequeña, su cuerpo ha cambiado, no quiere ser tratado como un niño y sus padres ya no son ideales. Ahora el adolescente tiene que adaptarse e integrar los cambios en su cuerpo, en su forma de pensar, en sus emociones, en sus relaciones,… El primer paso será rebelarse contra los adultos, sus valores y las ideas recibidas de ellos. El segundo, quejarse de la falta de comprensión de sus padres y de los ataques que reciben por su parte en contra de su independencia. ¿Dónde “consigue” el adolescente su identidad?

A la izquierda, cómo veía a mi padre cuando tenía 8 años. A la derecha, cómo lo veo cuando tengo 18.

A la izquierda, cómo veía a mi padre cuando tenía 8 años. A la derecha, cómo lo veo cuando tengo 18.

Friends: I’ll be there for you

El adolescente contacta con otras personas fuera de la familia que le ayudan a configurar su nueva identidad. Aunque algunos serán adultos (una profesora carismática, un deportista de élite), estos no podrán igualar al grupo de iguales: los amigos, la pandilla, los colegas.

“Pasan todo el día juntas en clase y cuando llega a casa, sigue hablando con ella por el móvil, ¿qué se dirán?” Una madre sorprendida.

Estoy seguro de que el joven Sócrates departía con sus amistades por las calles de Atenas, hoy además de quedar y hablar, chatearía, le daría “like” y comentaría en el muro de sus amigos sobre temas mundanos y elevados. En ocasiones los adolescentes “traen a casa” las opiniones de los amigos, a veces para tantear el terreno (“digo que V. se va a hacer un piercing y en función de la respuesta, digo que yo también quiero uno”), a veces para poner en boca de otro lo que le da miedo decir a él (“P. dice que estudiar no sirve para nada”).

Hay adultos que saben relacionarse bien con los adolescentes casi por instinto. Pero pienso que no hay que dejar en manos del azar cómo nos dirigimos a ellos. Conocer y entender las características de esta etapa, nos ayudará a comunicarnos con ellos.

Cambiar (o no)

Con permiso de septiembre, enero es el mes en el que oficialmente nos planteamos cambiar. Dejar el tabaco, aprender inglés o bajar de peso son los propósitos de Año Nuevo estrella de cada temporada. Paradójicamente, algunos estudios, y la mera experiencia, se empeñan en demostrar que sólo unos pocos escogidos alcanzan sus objetivos y que cuando esto sucede, no se sienten especialmente más felices.

¿Por qué fracasamos cuando nos proponemos cambiar?
No es el momento, no es el objetivo, no es para mí. Seguramente hay muchas variables implicadas, personales y externas, que podrían explicar el fiasco. A menudo, nos planteamos objetivos demasiado ambiciosos y poco concretos. También nos podemos proponer cambios que poco tienen que ver con nosotros o con nuestros intereses personales. Otras veces, achacamos nuestro fracaso a la motivación, o mejor dicho, a la falta de ésta.

En este gimnasio lo tienen claro. Muchos se apuntarán pero pocos irán y se quedarán.

En este gimnasio lo tienen claro. Muchos se apuntarán pero pocos irán y se quedarán.

Motivación, ¡qué bonito nombre!
Motivación es una de esas palabras del ámbito de la Psicología que se ha incorporado al lenguaje de la calle. “Este tío es un motivado”, decimos cuando vemos a alguien dispuesto a hacer algo, dando a entender que la motivación de una persona para conseguir lo que sea es un rasgo de su personalidad. Algo que está debajo de su piel y que permanece estable a través del tiempo, como el color de los ojos. O lo tienes o no lo tienes. ¿Es eso cierto? “Si mi hijo pusiera las mismas ganas a los libros que a la consola, sacaría sobresalientes”. “Debería dejar de beber, quizás pasado el verano”. “Mañana me pongo”. “En cuanto salga de aquí, voy a empezar a estudiar”. Todas son frases que he escuchado en la consulta y que dan a pensar que la motivación, o las ganas de cambiar, más que un rasgo inalterable, es un estado más o menos disponible que fluctúa en función de múltiples factores personales y externos.

Motivación: Conjunto de factores internos o externos que determinan en parte las acciones de una persona. No lo digo yo, lo dice la Real Academia Española.

“La rueda del cambio”
A principios de los ochenta, James Prochaska y Carlo DiClemente investigaron cómo y por qué cambiamos, con o sin ayuda terapéutica. Estos psicólogos llegaron a la conclusión que cambiar es un proceso compuesto de varias etapas. Nosotros transitamos, hacia delante o hacia atrás, por estas etapas hasta conseguir nuestro objetivo o no ya que este modelo también contempla que fallemos… y que lo volvamos a intentar. En función de cómo nos orientemos en cada fase y de las aportaciones que recibamos de nuestro entorno, nos acercaremos más al cambio, nos estancaremos o desistiremos en nuestro empeño. Esto explicaría por qué no sirve de nada decirle a alguien que deje de beber cuando esta persona no piensa que el uso que hace del alcohol sea problemático. Otro ejemplo sería cuando llega un adolescente a terapia y decide no explicar nada de lo que le sucede porque no está de acuerdo en asistir.

Para ilustrar su propuesta, Prockaska y DiClemente diseñaron “la rueda del cambio” donde aparecen representadas las etapas por las que pasamos cuando nos proponemos cambiar.

Para ilustrar su propuesta, Prockaska y DiClemente diseñaron “la rueda del cambio” donde aparecen representadas las etapas por las que pasamos cuando nos proponemos cambiar.

Esta propuesta de Prochaska y DiClemente responde, a mi entender, a una visión más positiva del ser humano. Si consideramos la motivación como algo interno y estable, quien no logra cambiar se convierte en poco más que “un flojo”. En cambio, si consideramos que la opción de cambiar siempre está ahí, más o menos presente, y que el entorno (familia, amigos, profesionales) también juega un papel importante, miraremos con otros ojos a quien lo está intentando. Si además entendemos que no conseguir el cambio deseado no es un fracaso absoluto, si no una etapa más del proceso, tenemos más números para alcanzar el éxito la próxima vez. Cambiar es una rueda que sigue girando esperando a que nosotros nos subamos a ella.

Mucha motivación, y algo de suerte, para este 2016. ¡Feliz año!

De los premios y castigos a los límites

Cuando hablo con padres de hijos adolescentes, un tema que surge con más o menos urgencia es la “necesidad de poner límites”. Algunos padres explican lo bien que les ha ido premiando y castigando el comportamiento de sus hijos hasta ahora. Al llegar a la adolescencia, entre sorprendidos y frustrados, estos mismos padres constatan que su método ha dejado de funcionar. Vaya por delante mi respeto a todos aquellos padres y cuidadores preocupados por la educación emocional de sus hijos. Espero que esta entrada y la siguiente os sean útiles. Antes de explicar por qué dejan de ser eficaces, creo que es importante aclarar qué entendemos por premiar y castigar y por qué funciona.

¿Por qué funcionan los premios y los castigos?

Un premio es la recompensa que se da por algún mérito. El mérito puede ir desde acabar los deberes a jugar amigablemente con otros niños y el premio, por ejemplo, un elogio, una muestra de cariño o ciertos privilegios. El castigo consiste en imponer una pena por no haber conseguido el propósito esperado. La pena sería quedarse sin privilegios (no me puedo quedar más rato viendo la televisión) o tener que reparar el daño cometido (tengo que limpiar lo que he ensuciado). La idea es que la recompensa aumenta la motivación para cumplir con el objetivo marcado y la posibilidad del castigo nos da motivos para cumplir con lo que se espera de nosotros.

Justo antes de la adolescencia, de los 6 a los 11 años aproximadamente, el pensamiento mágico (pensar que las cosas pasan como yo creo que pasan) va perdiendo terreno frente al pensamiento operatorio (el funcionamiento de las cosas sigue una lógica… más allá que a mí me guste o no). Este cambio se debe a la maduración progresiva del neocórtex del área prefrontal. Las nuevas conexiones entre neuronas llenan de contenido el mundo representacional del niño. Lo que le rodea entra con más fuerza por sus sentidos y su pensamiento se vuelve más realista porque contacta con los principios que rigen la vida: el tiempo, el espacio, las convenciones sociales,…

El neocórtex es el lugar donde residen la formación y elaboración de las funciones cerebrales más complejas.

El neocórtex es el lugar donde residen la formación y elaboración de las funciones cerebrales más complejas.

De esta manera, el niño va descubriendo que cada acto que hace tiene sus consecuencias y que si éstas son desagradables, tiene que evitar las causas que las provocan. Por eso, los cuentos y los juegos de mesa son tan populares en estas edades. El niño puede ahora entender que si eres un cerdito y no quieres que el lobo tumbe tu casa de un soplido, será mejor que la construyas de ladrillo y cemento. Vamos aprendiendo que la vida no funciona tan mágicamente como pensábamos y que vale la pena seguir las normas para conseguir lo que queremos. Si respeto las normas, si acepto que hay una autoridad y si entiendo que hay otro, me lo voy a pasar muy bien jugando al parchís con mis hermanos, por ejemplo.

Hago un inciso para ilustrar todo esto. Los que hayáis visto jugar a fútbol en el recreo a niños de primaria, habréis presenciado dos cosas. Una, la cantidad de normas que se ponen los mismos niños antes de empezar el partido (eligen los equipos, sitúan las porterías, deciden que no vale chutar fuerte de cerca,…). Y dos, los niños se enfadan con quien no respeta las normas pero no con quien no es habilidoso, en otras palabras, ellos mismos riñen al que ha chutado “de cerca” pero no al que ha fallado un gol cantado.

Antes de empezar el partido, estos chicos han puesto las normas para poder disfrutar del juego.

Antes de empezar el partido, estos chicos han puesto las normas para poder disfrutar del juego.

Hay otras variables que hacen que el sistema de premios y castigos funcione. Ofrecer el premio inmediatamente después de que el niño cumpla su parte, dejarle claro qué se espera de él, cumplir siempre con el premio prometido o el castigo advertido,… todo esto hace que el método sea cada vez más efectivo hasta que… deja de serlo.

¿Por qué dejan de funcionar los premios y los castigos?

Premiar y castigar funciona hasta que los premios dejan de motivar porque son muy fáciles o muy difíciles de conseguir o no se pueden disfrutar hasta pasado mucho tiempo. También sucede que los castigos se ponen mal y a menudo son vividos con miedo y como un ejemplo de la tiranía de los padres: “ahora te quedas sin Play porque yo lo digo”. Por sus propias experiencias, los niños también aprenden que no siempre hacerlo bien garantiza el éxito, a los buenos también les pasan cosas malas y los malos también ganan.

Pero principalmente dejan de ser efectivos porque el niño ha crecido y se está convirtiendo en un adolescente. Durante la adolescencia elaboramos nuestro criterio propio. Estamos creando una nueva identidad que nos ayude a superar la dependencia respecto a los padres. El adolescente descubre que las normas se pueden consensuar, discutir, acordar y cambiar, si es necesario. También hay un rechazo de la autoridad de los padres y de sus criterios: mi madre me dice que coja la chaqueta porque ha refrescado, pero salgo en manga corta porque yo no tengo frío.

Los adolescentes necesitan de sus padres para poder independizarse de ellos”

Pero esta elaboración de la identidad no pasa de la noche a la mañana y justo en este periodo de transición los chicos necesitan que alguien les explique que hay cosas que no pueden hacer, no porque se vayan a enfadar sus padres o en el instituto, si no porque no está bien hacerlo más allá de que haya una ley o una norma que así lo diga.

Dejamos a los adolescentes prácticamente insensibles a los premios y castigos que sus esforzados padres les ofrecen. En la próxima entrada veremos qué podemos hacer para “poner límites”. ¡Espero que os esté resultando interesante este tema!

3 cosas que aprendí de los trastornos alimentarios

Hola a todos. Hoy quiero compartir con vosotros algunas cosas que aprendí durante mi etapa como terapeuta en un centro oficial especializado en anorexia, bulimia y otros desórdenes alimentarios. Se trata de mi visión personal sobre tres aspectos concretos de estos trastornos que me llamaron la atención. ¿Empezamos?

La unión hace la fuerza

La unión hace la fuerza y la hace en ambos sentidos. Me explico. De vez en cuando, los medios se hacen eco del incremento del número de páginas web que de una manera u otra promocionan los trastornos alimentarios. Se escandalizan porque miles de chicas intercambian dietas sin control o ensalzan la delgadez extrema en innumerables foros, blogs y perfiles en redes sociales sin que nadie haga nada.

Titular aparecido en prensa el pasado 26 de noviembre de 2015.

Titular aparecido en prensa el pasado 26 de noviembre de 2015.

Estas chicas, los chicos aún son minoría, se sienten miembros de una comunidad cada vez más creciente. No importa la barbaridad que haga con la comida o con mi cuerpo, alguien en internet me apoyará, suelen pensar. Aunque de forma virtual, se sienten unidas en la enfermedad. Pero lo que no tardé en ver es que también existe el extremo contrario. Me refiero a la fuerza del grupo terapéutico para apoyar, comprender y acompañar en todo proceso de curación. El antídoto a los consejos macabros de la red es, en un grupo terapéutico, el compromiso con el resto de compañeras. “Si yo lo intento, tú me ayudas”. El camino es difícil pero nadie dijo que se tuviera que andar solo.

La unión hace la fuerza para lo malo y  para lo bueno. Primer aprendizaje.

Una puede querer y no querer curarse a la vez

Las chicas que luchan con sus desórdenes alimentarios se muestran ambivalentes respecto a su estado. En las sesiones se pueden escuchar frases como “Esto no puede seguir así, necesito que alguien me ayude” seguidas de “pero no sé si necesito ayuda”. Evidentemente este estado fluctuante no es exclusivo de estas chicas. Que levante la mano quien no haya pensado alguna vez en dejar de fumar, ir al gimnasio, aprender inglés,… y no lo haya hecho. Este tipo de conflicto

A veces queremos algo y su contrario.

A veces queremos algo y a la vez, no lo queremos.

tiene un papel principal durante todo el tratamiento. Las bulímicas por ejemplo, pueden reconocer los daños y los riesgos de mantenerse en el ciclo atracón-compensación pero a la vez se sienten muy atrapadas. Quieren dejar de hacerlo, pero no quieren. A menudo el entorno, y aquí también incluyo a los profesionales, interpretan este estado como una anormalidad, una falta de colaboración o una negación del problema. Y cargados de buenas intenciones, se embarcan (nos embarcamos) en dar consejos: “Deberías cambiar”. Con el tiempo me di cuenta que en estos casos, de nada sirve oponerse frontalmente. Si yo defiendo a capa y espada que deje de vomitar, la chica ambivalente encontrará razones para seguir haciéndolo… o en otras palabras: no dejará de hacerlo porque yo se lo diga. Contener esta ambivalencia, dar voz a ambas posturas y tratar con respeto este estado de indecisión parecen estrategias más efectivas.

Mi segundo aprendizaje: nadie cambia porque alguien diga que tiene que cambiar. Alguien cambia cuando se siente entendido, reconfortado y respetado… y decidido a cambiar.

Los chicos también lloran… y dejan de comer

Camuflados entre las estadísticas y prácticamente ausentes en los criterios diagnósticos están los adolescentes, varones, que padecen un desorden alimentario. Se considera que un uno de cada diez afectados por estas patologías es un chico. Seguramente el número aumenta si incluimos a los chicos que hacen algún síntoma concreto, por ejemplo: cuentan obsesivamente las calorías que ingieren, se ven débiles y flacuchos cuando son fuertes y grandes o se machacan compulsivamente en el gimnasio. Estos jóvenes, a menudo, tienen una doble lucha: contra la enfermedad y contra la creencia popular de que esto es un problema de chicas.

Lo tercero que aprendí es que los chicos también expresan con su cuerpo y la comida sus sentimientos y por supuesto, necesitan de un apoyo terapéutico como el resto de sus compañeras.

 

Aprendí mucho más y sobre todo viví muchas experiencias que iré explicando. Espero que os haya resultado interesante y os animéis a participar en los comentarios. ¡Hasta la próxima!