Luis Salar Vidal

Psicólogo

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¡Tengo razón!

Os invito a llevar a cabo un experimento psicológico para llegar a tres reflexiones. Necesitamos tres dibujos y medio minuto. ¡Empecemos!

El primer paso es mirar durante diez segundos la siguiente imagen:

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Ahora, mirad, también durante diez segundos, este otro dibujo:

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Seguramente, veréis, en este segundo retrato, a una mujer joven medio girada,  que va vestida elegantemente y quizás su aspecto os recuerde a una época pasada.

¿Qué pasaría si os dijera que es una mujer mayor, de enorme nariz y de gesto triste? ¿Quién tendría razón? Seguramente, pasaríamos un rato señalando qué vemos en el dibujo. Ahí va la nariz, eso son las pestañas, aquello parece un chal,…

Finalmente, os presento el retrato de la anciana:

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Algo en lo que reflexionar

Este simple ejercicio demuestra que vemos el mundo, no como es, sino como somos nosotros. Cuando explicamos lo que vemos, estamos explicando a los demás cómo somos nosotros. Y cuando el otro no está de acuerdo con nuestra explicación sobre lo visto, pensamos que está equivocado porque nosotros tenemos razón.

1. A menudo obviamos que el otro también tiene su propio punto de vista. Incluso cuando estamos ante lo mismo. Incluso cuando creemos tener una visión ajustada de lo sucedido.

2. Si diez segundos son suficientes para formarnos una idea firma sobre algo, ¿cómo influirá en nuestras vidas la familia, la educación recibida, la sociedad en la que vivimos,…?

3. ¿Cuánto nos cuesta cambiar nuestra interpretación de los hechos? Por ejemplo, si habéis visto primero a la chica joven, ¿cuánto habéis tardado en ver a la anciana? Ahora que habéis visto a las dos mujeres, ¿a quién veis en la tercera imagen? ¿Cómo os habéis sentido cuando habéis descubierto a la “otra” mujer? Impresionados, engañados, curiosos, impacientes,…

Cuanto más conscientes seamos de cómo vemos el mundo y cuánto antes asumamos que el otro tiene una visión de la vida diferente a la nuestra; antes nos podremos acercar a quien tengamos al lado y nos podremos abrir a nuevas percepciones para acabar teniendo una panorámica más amplia, objetiva y considerada.


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En una postal que utiliza esta imagen, se puede leer:

“Aquí, para su disfrute visual,  se combinaron ambas edades,
y se pueden jóvenes y mayores encontrar en este rostro”

¿Cuándo debo llevar a mi hijo al psicólogo?

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Si un niño siempre está triste, llora con facilidad o se le ve angustiado,… parecerá conveniente buscar ayuda profesional. Pero no siempre el sufrimiento psicológico es tan evidente y logra pasar desapercibido. En otras ocasiones, el sentimiento de culpabilidad que muchos padres sienten cuando se les aconseja acudir con su hijo al psicólogo genera pensamientos contrarios: “No está tan mal”, “en vacaciones pasaremos más tiempo juntos y se solucionará”, “si va a peor, ya consultaremos”… Sin entrar en síntomas o estadísticas más o menos alarmantes, recojo algunas situaciones en las que es recomendable tener la opinión de un psicólogo.

Cuando lo indican desde el centro de estudios

Un alumno de Secundaria pasa de media seis horas al día en el instituto. Durante ese tiempo, se relaciona, juega, aprende,… y también se frustra, se ilusiona, se disgusta,… En definitiva, tiene tiempo para mostrarse tal y como es. Además muchas dificultades de niños y adolescentes aparecen con más claridad durante el horario lectivo: el niño que no tiene amigos, la chica que tira el desayuno a la papelera, los alumnos que aprenden más despacio,… La información que proporcionan los profesores es muy valiosa porque son observadores directos de los comportamientos y reacciones de los chicos y porque tienen la referencia del grupo de edad al que pertenecen. Por ejemplo, cualquier niño puede reñir en el recreo con otro pero algo estará sucediendo si es ese mismo niño se pelea cada día con un compañero diferente en el patio, en los pasillos, durante los descansos,…

Los profesores detectan muchas situaciones problemáticas porque pasan mucho tiempo con los alumnos y pueden compararlos con su grupo de iguales.

Cuando los recursos propios no son suficientes

Las familias cuentan con una serie de recursos para ayudar a los más pequeños a crecer. Me estoy refiriendo al cariño, los límites, al diálogo,… pero no siempre funcionan. Hay situaciones concretas en las que, además de estas herramientas, se requieren los conocimientos técnicos de un profesional. En el caso de los adolescentes, a menudo les cuesta aceptar la ayuda proveniente de los padres porque hacerlo es reconocer que aún les necesita. Y cuando eres adolescente, admitir que necesitas a tus padres se vive como un ataque a la personalidad que te estás construyendo. En este caso, es probable que los chicos toleren mejor la ayuda de un adulto ajeno a la familia.

Aunque necesario, el cariño no siempre basta para solucionar ciertas situaciones.

Cuando a los padres le pasó “lo mismo” y lo resolvieron “así o asá”

De la misma manera que los padres ven sus rasgos físicos en sus hijos (“tiene los ojos de mi marido”) también detectan sus actitudes o sus reacciones: “a su edad, yo era igual”, “es tímida como su madre”, “el niño ya tiene a quien salir”,… son frases que a menudo escuchamos en las primeras entrevistas. Este reconocimiento de las dificultades propias en los hijos preocupa a los padres. Más aún cuando los problemas de su hijo les resultan familiares. Esta angustia a menudo lleva a los padres a querer solucionar la situación por la vía rápida o como lo hicieron ellos. Aunque totalmente comprensible, no siempre la solución propuesta por los adultos es la más eficaz. Quizás a la madre le sirvió apuntarse al grupo de teatro del instituto para quitarse la timidez de encima… a lo mejor, la hija, “igual de tímida”, necesita otra cosa. Cada síntoma tienen un significado personal para cada uno de nosotros y, finalmente, los padres son los padres y los hijos son los hijos. De nuevo, el profesional detectará qué está pasando y cuál es la mejor manera de solucionarlo para esa persona.

Cuando ellos lo piden

No es el caso más habitual pero sucede, sobre todo, con los adolescentes. Personalmente creo que hay que “aprovecharlo”. Los adultos nos quejamos con frecuencia de los comportamientos, que siendo propios de la edad, nos parecen inadmisibles para un adolescente. “Con lo grande que es y es incapaz de tener su habitación ordenada”, “cuando le digo que ‘no’ se enfada como una cría”, “sabe lo que se juega este curso y es incapaz de coger un libro”… Como si todos los adultos fuésemos ordenados, supiéramos enfadarnos o llevásemos todas nuestras responsabilidades al día. También a menudo nos cuesta reconocer los aspectos más adultos de los adolescentes. Quizá tenga la habitación hecha un desastre pero acude puntual al entrenamiento, se enfada cuando algo no le gusta pero sabe defender sus opiniones, no estudia pero tiene interés por la música. Otro ejemplo más: tiene problemas pero reconoce que necesita ayuda. ¿Por qué no ofrecérsela?

Niños y adolescentes agradecen el apoyo profesional cuando encuentran a alguien que les comprende y les guía para que ellos también entiendan qué les está pasando. Más allá de síntomas y diagnósticos ¿cuándo pensáis vosotros que hay que llevar a los niños al psicólogo?

Kate Winslet tiene algo que decir

Tenía preparada una entrada sobre la importancia de hablar con los niños sobre la belleza, sobre ser uno mismo, sobre no dejarse amedrentar por los mensajes que reciban,… Pero Kate Winslet ganó el pasado domingo en la gala de los BAFTA el galardón a Mejor actriz secundaria y en la rueda de prensa una periodista le preguntó a quién le dedicaba el premio. La respuesta no tiene desperdicio:

“Sabes, a menudo, después de un momento como éste, me veo a mí misma pensando ‘debería haber dicho algo’, ‘debería…’, ya sabes… Cuando tenía 14 años, mi profesor de interpretación me dijo que podría irme bien si era feliz conformándome sólo con papeles de chica gorda. ¡Mírame ahora! ¡Mírame ahora! Así que lo que siento en estos momentos es que ninguna mujer joven que haya sido ninguneada por un profesor, por un amigo o incluso por sus padres, no debería hacer caso a nada de eso, porque eso es lo que yo hice. No les hice caso y continué y superé mis temores e inseguridades. Y seguid haciéndolo. Y seguid creyendo en vosotras mismas. Ya sabéis, eso es lo que yo sentí que tenía que hacer. Me gustaría dedicarle este premio a todas las chicas que dudan de sí mismas, porque no deberíais estar dudando, sólo deberíais ir a por ello.”

Toda la rueda de prensa vale la pena. La respuesta que os he transcrito llega sobre el minuto 6. Enjoy it!

Creo que nadie mejor que ella para dar este mensaje. Mi escrito tendrá que esperar…

3 claves de la adolescencia

socrates_salarvidalSócrates ya lo tenía claro hace 2500 años: algo pasa con los jóvenes. ¿Cómo son los adolescentes? ¿Qué necesitamos saber los adultos para relacionarnos con los ellos? En la entrada de hoy quiero destacar tres aspectos de la adolescencia que me parecen claves para entender esta etapa del desarrollo humano.

Mitad niño, mitad adulto: adolescente

Para la OMS la adolescencia comienza a los 10 años y acaba a los 19. Dicho con otras palabras: la adolescencia comienza cuando dejamos de ser niños y termina cuando empezamos a ser adultos. Algunos expertos consideran que las niñas comienzan a ser adolescentes cuando aparece la primera menstruación. Y dejamos de serlo cuando somos personas independientes, autónomas y con capacidad para comprometernos con proyectos que van más allá de nosotros.

El adolescente ha dejado de ser niño sin ser todavía adulto.

Esta transición no ocurre de la noche a la mañana y durante algún tiempo convivirán aspectos infantiles con aspectos adultos. Por eso los adolescentes parecen razonar como adultos pero, emocionalmente, funcionan aún como niños. Por ejemplo, J., de 15 años, vive con su madre desde que sus padres se divorciaron. En una misma tarde J. pasa de pedirle “mimitos” a llamarla “amargada” porque no lo deja salir un rato más. En este caso, J. ha percibido la situación de la madre como un adulto (mi madre está triste, irritable, angustiada,… desde que mi padre se fue) pero no ha medido las consecuencias de sus palabras (¿cómo se sentirá mi madre si le llamo amargada?, ¿mi madre necesita escucharlo?, ¿no hay otra forma de transmitirle mi enfado?). Estas reacciones desconciertan, comprensiblemente, a los adultos.

La tarea: construirme una identidad… y volver

Entre los problemas de matemáticas y los deberes de historia, los adolescentes tienen una tarea que cumplir: construirse una identidad. Pero no puede ser una identidad cualquiera. Tiene que ser una con la que se identifique positivamente (este soy yo, esto es lo que hago, esto es lo que me gusta,… y así está muy bien) y que le transmita sensación de seguridad. Su identidad infantil se le ha quedado pequeña, su cuerpo ha cambiado, no quiere ser tratado como un niño y sus padres ya no son ideales. Ahora el adolescente tiene que adaptarse e integrar los cambios en su cuerpo, en su forma de pensar, en sus emociones, en sus relaciones,… El primer paso será rebelarse contra los adultos, sus valores y las ideas recibidas de ellos. El segundo, quejarse de la falta de comprensión de sus padres y de los ataques que reciben por su parte en contra de su independencia. ¿Dónde “consigue” el adolescente su identidad?

A la izquierda, cómo veía a mi padre cuando tenía 8 años. A la derecha, cómo lo veo cuando tengo 18.

A la izquierda, cómo veía a mi padre cuando tenía 8 años. A la derecha, cómo lo veo cuando tengo 18.

Friends: I’ll be there for you

El adolescente contacta con otras personas fuera de la familia que le ayudan a configurar su nueva identidad. Aunque algunos serán adultos (una profesora carismática, un deportista de élite), estos no podrán igualar al grupo de iguales: los amigos, la pandilla, los colegas.

“Pasan todo el día juntas en clase y cuando llega a casa, sigue hablando con ella por el móvil, ¿qué se dirán?” Una madre sorprendida.

Estoy seguro de que el joven Sócrates departía con sus amistades por las calles de Atenas, hoy además de quedar y hablar, chatearía, le daría “like” y comentaría en el muro de sus amigos sobre temas mundanos y elevados. En ocasiones los adolescentes “traen a casa” las opiniones de los amigos, a veces para tantear el terreno (“digo que V. se va a hacer un piercing y en función de la respuesta, digo que yo también quiero uno”), a veces para poner en boca de otro lo que le da miedo decir a él (“P. dice que estudiar no sirve para nada”).

Hay adultos que saben relacionarse bien con los adolescentes casi por instinto. Pero pienso que no hay que dejar en manos del azar cómo nos dirigimos a ellos. Conocer y entender las características de esta etapa, nos ayudará a comunicarnos con ellos.

Empatía en 3 minutos

Empatía es una de esas palabras del ámbito psicológico que han pasado a ser de dominio público. Un ejemplo, si en el buscador de noticias de un periódico ponéis esta palabra, encontraréis a un futbolista afirmando que el nuevo entrenador tiene más empatía con los jugadores que el anterior, a un miembro de la Audiencia Pública reclamando más empatía para combatir el acoso escolar y hasta a un político pidiendo empatía para respetar opiniones diversas…

A veces confundimos Empatía con “Simpatía” o con “Compasión”. Simpatía es la inclinación afectiva entre personas o hacia los animales, generalmente espontánea y mutua o como un modo de ser que hace a una persona atractiva a los ojos de los demás. Por su parte, Compasión es un sentimiento de pena ante los males de otro.

¿Cómo definimos Empatía? Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Os dejo con este ilustrativo video sobre la Empatía. ¡Espero que os guste!

Nota: Han subtitulado “sympathy” como simpatía. La traducción correcta sería “compasión”. De esta manera se entiende mejor el mensaje.

Noticia de un acoso

En octubre de 2015, Diego, de 11 años, dejó una carta junto a su muñeco favorito en la que se podía leer: “No aguanto ir al colegio y no hay otra manera de no ir”. Después de escribir esa nota se tiró por la ventana del quinto piso donde vivía con su familia. Los padres, convencidos de que Diego era víctima de acoso escolar, ya lo habían puesto en conocimiento de la Policía sin que nada cambiase. “Cosas de críos”, habría dicho, supuestamente, el director del colegio. Tres meses después, la Comunidad de Madrid se ha comprometido a reabrir la investigación para determinar si algo ocurrió en el centro que de alguna manera provocara su muerte. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de acoso escolar? ¿Es el ‘bullying’ cosa de críos?

Agresividad y violencia
La Real Academia Española define agresividad como la tendencia a actuar o responder violentamente. Esta definición distingue entre agresividad y violencia y prácticamente las iguala. Pero estaremos de acuerdo en que no es lo mismo el chico que empuja a un compañero para coger un buen asiento en el autobús que golpear frecuentemente a otro al que considera débil para amedrentarlo aún más. En el primer caso, la agresividad tiene la finalidad de defender algo que se percibe como bueno y que se ve amenazado (no quiero que me quiten ese sitio al lado de la ventana que tanto me gusta). En el segundo, el objetivo es la destrucción o el dominio, ya no se trata de agresividad, es violencia. La Organización Mundial de la Salud considera que una conducta es violenta cuando existe intencionalidad de hacer daño y un uso del poder. La intencionalidad y el poder distinguirían la violencia de la agresividad y de otros actos accidentales que producen daños.

‘Bullying’
Desde los años 70 una de las formas de violencia que más atención ha recibido es el acoso escolar o ‘bullying’. Definimos ‘bullying’ como una conducta violenta entre compañeros caracterizada por su intencionalidad, persistencia y desequilibrio de poder. Esta violencia, que puede ser física o psicológica, la realiza reiteradamente un alumno (o un grupo) hacia otro, de modo que, la víctima se siente incapaz de salir de esta situación por sus propios medios (Olweus, 2006).

El ‘bullying’ se caracteriza por ser una conducta repetitiva y frecuente, se realiza con el objetivo de intimidar a la víctima y existe un desequilibrio de poder entre quien lo lleva a cabo y quien lo padece.

El acoso escolar adopta varias formas: verbal (motes, insultos, amenazas), física (golpes, empujones, palizas), emocional (chantaje, extorsión, creación de falsas expectativas), sexual (tocamientos no consentidos, gestos obscenos, demandas de favores sexuales) y cibernético (uso de las nuevas tecnologías para insultar, amenazar, difamar).

No todas las formas de agresividad que se dan en las escuelas corresponden con acoso escolar.

Las escuelas y los institutos son los lugares donde niños y adolescentes pasan la mayor parte del tiempo. En las aulas, no sólo se imparten conocimientos técnicos, también se transmiten valores y normas que preparan a los chicos para la vida adulta, aprenden a ser ciudadanos. Una de las principales preocupaciones de la comunidad educativa y de las familias es conseguir la integración de los estudiantes en los centros de estudios y evitar la violencia escolar. Como hemos visto, no todo comportamiento violento es señal de acoso. El ‘bullying’ tiene unas características que le diferencian de otras formas de violencia que se dan en los centros escolares. Y, aunque estén implicados menores, no es cosa de críos.

Detectar el ‘bullying’ no es sencillo. A veces se presenta disimuladamente y logra pasar desapercibido. Eso le permite derivar hacia consecuencias irreversibles, como el caso de Diego, o intenso sufrimiento psicológico.

Espero que la entrada haya sido de vuestro interés. Pienso que cuanta más conciencia haya sobre este tema, se podrá actuar en más casos. En otra ocasión repasaremos quién es quién en las situaciones de acoso escolar.


La definición de acoso es de Olweus:

Olweus, D. (2006). Conductas de acoso y amenaza entre escolares. Morata. Madrid. (1ª edición, 1998).

La diferencia entre agresividad y violencia:

Equipo de Atención al Menor. (2014). Adolescencia y transgresión. Octaedro. Barcelona.

La carta completa de Diego:

http://www.elperiodico.com/es/noticias/sociedad/conmocion-madrid-por-carta-suicidio-nino-anos-4831447

Cambiar (o no)

Con permiso de septiembre, enero es el mes en el que oficialmente nos planteamos cambiar. Dejar el tabaco, aprender inglés o bajar de peso son los propósitos de Año Nuevo estrella de cada temporada. Paradójicamente, algunos estudios, y la mera experiencia, se empeñan en demostrar que sólo unos pocos escogidos alcanzan sus objetivos y que cuando esto sucede, no se sienten especialmente más felices.

¿Por qué fracasamos cuando nos proponemos cambiar?
No es el momento, no es el objetivo, no es para mí. Seguramente hay muchas variables implicadas, personales y externas, que podrían explicar el fiasco. A menudo, nos planteamos objetivos demasiado ambiciosos y poco concretos. También nos podemos proponer cambios que poco tienen que ver con nosotros o con nuestros intereses personales. Otras veces, achacamos nuestro fracaso a la motivación, o mejor dicho, a la falta de ésta.

En este gimnasio lo tienen claro. Muchos se apuntarán pero pocos irán y se quedarán.

En este gimnasio lo tienen claro. Muchos se apuntarán pero pocos irán y se quedarán.

Motivación, ¡qué bonito nombre!
Motivación es una de esas palabras del ámbito de la Psicología que se ha incorporado al lenguaje de la calle. “Este tío es un motivado”, decimos cuando vemos a alguien dispuesto a hacer algo, dando a entender que la motivación de una persona para conseguir lo que sea es un rasgo de su personalidad. Algo que está debajo de su piel y que permanece estable a través del tiempo, como el color de los ojos. O lo tienes o no lo tienes. ¿Es eso cierto? “Si mi hijo pusiera las mismas ganas a los libros que a la consola, sacaría sobresalientes”. “Debería dejar de beber, quizás pasado el verano”. “Mañana me pongo”. “En cuanto salga de aquí, voy a empezar a estudiar”. Todas son frases que he escuchado en la consulta y que dan a pensar que la motivación, o las ganas de cambiar, más que un rasgo inalterable, es un estado más o menos disponible que fluctúa en función de múltiples factores personales y externos.

Motivación: Conjunto de factores internos o externos que determinan en parte las acciones de una persona. No lo digo yo, lo dice la Real Academia Española.

“La rueda del cambio”
A principios de los ochenta, James Prochaska y Carlo DiClemente investigaron cómo y por qué cambiamos, con o sin ayuda terapéutica. Estos psicólogos llegaron a la conclusión que cambiar es un proceso compuesto de varias etapas. Nosotros transitamos, hacia delante o hacia atrás, por estas etapas hasta conseguir nuestro objetivo o no ya que este modelo también contempla que fallemos… y que lo volvamos a intentar. En función de cómo nos orientemos en cada fase y de las aportaciones que recibamos de nuestro entorno, nos acercaremos más al cambio, nos estancaremos o desistiremos en nuestro empeño. Esto explicaría por qué no sirve de nada decirle a alguien que deje de beber cuando esta persona no piensa que el uso que hace del alcohol sea problemático. Otro ejemplo sería cuando llega un adolescente a terapia y decide no explicar nada de lo que le sucede porque no está de acuerdo en asistir.

Para ilustrar su propuesta, Prockaska y DiClemente diseñaron “la rueda del cambio” donde aparecen representadas las etapas por las que pasamos cuando nos proponemos cambiar.

Para ilustrar su propuesta, Prockaska y DiClemente diseñaron “la rueda del cambio” donde aparecen representadas las etapas por las que pasamos cuando nos proponemos cambiar.

Esta propuesta de Prochaska y DiClemente responde, a mi entender, a una visión más positiva del ser humano. Si consideramos la motivación como algo interno y estable, quien no logra cambiar se convierte en poco más que “un flojo”. En cambio, si consideramos que la opción de cambiar siempre está ahí, más o menos presente, y que el entorno (familia, amigos, profesionales) también juega un papel importante, miraremos con otros ojos a quien lo está intentando. Si además entendemos que no conseguir el cambio deseado no es un fracaso absoluto, si no una etapa más del proceso, tenemos más números para alcanzar el éxito la próxima vez. Cambiar es una rueda que sigue girando esperando a que nosotros nos subamos a ella.

Mucha motivación, y algo de suerte, para este 2016. ¡Feliz año!

De los premios y castigos a los límites (2ª parte)

Si eres madre o padre de un adolescente y estás esperando un recetario de “medidas a adoptar” cuando se trata de poner límites, tengo malas noticias, no existe tal cosa. A cambio, te ofrezco un momento para reflexionar sobre el tema.

¿Qué tendrá que ver poner límites con las "gomas de pollo" de toda la vida?

¿Qué tendrá que ver poner límites con las “gomas de pollo” de toda la vida?

Muchas veces la necesidad de poner límites se despierta en los padres cuando ven los aspectos más infantiles de sus hijos (“no estudia”, “se pasa el día delante del ordenador”, “mira cómo tiene su habitación”). Estas situaciones suelen despertar en los padres miedos del tipo “mi hijo va a ser un fracasado” o “no sé qué va a ser de mi hija”. Muchas veces, estas manifestaciones más infantiles de los hijos tensan la relación con sus padres y complican la comunicación. Los padres, obviamente, se angustian y pueden reaccionar de forma impulsiva con un castigo imposible de cumplir y de mantener. Esta reacción enciende la agresividad del joven mediante malas caras, gritos, portazos,… Una madre me dijo “siento que mi hija enciende un fuego y nosotros vamos corriendo a apagarlo con gasolina”.

Los padres sienten la necesidad de poner urgentemente límites cuando observan los aspectos más infantiles de sus hijos adolescentes.

¿Cuál es el riesgo de seguir premiando?

E. ha empezado 4º de la ESO. El primer día de curso el tutor ya le ha advertido, tiene que ponerse las pilas si no quiere repetir curso. Los padres, para motivarla, le han prometido el móvil último modelo que tanta ilusión le hace si lo aprueba todo en junio. La madre no entiende que E. jurase que iba a estudiar cada día y que pasadas pocas semanas, tenga que insistirle cada tarde para que coja los libros. El colmo, para la madre, ha sido que E. le ha preguntado qué le daba si hacía los deberes esa tarde.

A todos nos gusta que valoren nuestro esfuerzo, el mundo adulto se rige, en parte, de esta manera: trabajo durante un mes para cobrar mi sueldo. También es verdad que tener en mente una recompensa (unas vacaciones) motiva a cumplir con unas obligaciones (ir a trabajar cada día). Y precisamente, ése es el principal riesgo, es decir, que el adolescente no desarrolle su propia autonomía, o no encuentre la forma de motivarse para hacer algo por sí mismo y espere siempre a recibir algo a cambio para moverse.

¿Cuál es el riesgo de castigar?

R. tiene 16 años y aunque siempre ha jugado a fútbol, esta temporada ha comenzado a destacar como central. Acude puntualmente a los tres entrenamientos programados durante la semana, tiene una buena relación con el entrenador y sus compañeros le han escogido capitán valorando su compromiso con el equipo. En la segunda evaluación le han quedado 6 asignaturas y su padre le ha castigado sin fútbol hasta junio (cuando dan las notas de fin de curso y acaba la competición) “para ver si así le dedica el mismo interés a los libros que a la pelota”.

En una reunión de padres, un participante sentenció “castigar bien es todo un arte” y razón, no le falta. Cuando castigamos, corremos el riesgo de privar al adolescente, y también al niño, de algo (una actividad, una relación, una experiencia) que fomenta su desarrollo personal, su proceso de socialización o su aprendizaje. ¿Cómo se sentirá R. cuando le aparten de algo en lo que sobresale, está comprometido y se siente valorado? ¿Con qué interés cogerá ahora los libros? Cuando castigamos desde la autoridad, infantilizamos al adolescente, le humillamos. En estas situaciones, los chicos se sienten sometidos. “Todo se tiene que hacer a la manera de mi padre”, dijo R. cuando se enteró del castigo. Esta vivencia incita a la desobediencia: “está equivocado si piensa que voy a estudiar más”.

Al castigar, nos arriesgamos a privar al adolescente de experiencias que favorecen su desarrollo personal.

¿Cómo se pone un límite?

Antes de dar alguna idea me gustaría aclarar que no existe una fórmula magistral. También me gustaría recordar que el sistema de “premios y castigos” se queda “pequeño” durante la adolescencia porque se ocupa de la parte más infantil del chico. Nosotros queremos estimular la parte más adulta, la parte responsable, consecuente, autónoma,… Los límites han de servir para que el adolescente pueda “cuidar”. Cuidar a las personas que le rodean, a su entorno y también cuidar de sí mismo. Y no para que papá y mamá estén contentos o me den algo a cambio. Este cambio, pasar de los premios a los límites, ha de ser paulatino, los padres tienen que ir delegando este “cuidado” en su hijo para que éste pueda ir asumiéndolo. Esto choca frontalmente con la fantasía, a menudo compartida por adultos y jóvenes, que “a los 18 años, puerta”. Pero, ¿qué pasaría si verdaderamente a los 18 años los chicos tuvieran que vérselas con el mundo adulto sin el acompañamiento de sus padres?

Entonces, ¿cómo tienen que ser los límites?

Los límites tienen que ser como una goma de pollo (1): firme y flexible. Firme porque sujeta y sostiene. Flexible porque cuando se da de sí, puede volver donde estaba. Además, tienen que cumplir con tres condiciones. Los límites han de ser razonables, razonados y tienen que permitir la reparación.

salar_vidal_limitesComo veis, “poner límites” no es una tarea sencilla y lo habitual es equivocarse. Pero probablemente el crecimiento de padres e hijos sólo será posible si se pueden resarcir los errores cometidos.

(1) Ojalá la comparación fuera mía. La he tomado prestada del Equipo de Atención al Menor de la Fundació Sant Pere Claver.

De los premios y castigos a los límites

Cuando hablo con padres de hijos adolescentes, un tema que surge con más o menos urgencia es la “necesidad de poner límites”. Algunos padres explican lo bien que les ha ido premiando y castigando el comportamiento de sus hijos hasta ahora. Al llegar a la adolescencia, entre sorprendidos y frustrados, estos mismos padres constatan que su método ha dejado de funcionar. Vaya por delante mi respeto a todos aquellos padres y cuidadores preocupados por la educación emocional de sus hijos. Espero que esta entrada y la siguiente os sean útiles. Antes de explicar por qué dejan de ser eficaces, creo que es importante aclarar qué entendemos por premiar y castigar y por qué funciona.

¿Por qué funcionan los premios y los castigos?

Un premio es la recompensa que se da por algún mérito. El mérito puede ir desde acabar los deberes a jugar amigablemente con otros niños y el premio, por ejemplo, un elogio, una muestra de cariño o ciertos privilegios. El castigo consiste en imponer una pena por no haber conseguido el propósito esperado. La pena sería quedarse sin privilegios (no me puedo quedar más rato viendo la televisión) o tener que reparar el daño cometido (tengo que limpiar lo que he ensuciado). La idea es que la recompensa aumenta la motivación para cumplir con el objetivo marcado y la posibilidad del castigo nos da motivos para cumplir con lo que se espera de nosotros.

Justo antes de la adolescencia, de los 6 a los 11 años aproximadamente, el pensamiento mágico (pensar que las cosas pasan como yo creo que pasan) va perdiendo terreno frente al pensamiento operatorio (el funcionamiento de las cosas sigue una lógica… más allá que a mí me guste o no). Este cambio se debe a la maduración progresiva del neocórtex del área prefrontal. Las nuevas conexiones entre neuronas llenan de contenido el mundo representacional del niño. Lo que le rodea entra con más fuerza por sus sentidos y su pensamiento se vuelve más realista porque contacta con los principios que rigen la vida: el tiempo, el espacio, las convenciones sociales,…

El neocórtex es el lugar donde residen la formación y elaboración de las funciones cerebrales más complejas.

El neocórtex es el lugar donde residen la formación y elaboración de las funciones cerebrales más complejas.

De esta manera, el niño va descubriendo que cada acto que hace tiene sus consecuencias y que si éstas son desagradables, tiene que evitar las causas que las provocan. Por eso, los cuentos y los juegos de mesa son tan populares en estas edades. El niño puede ahora entender que si eres un cerdito y no quieres que el lobo tumbe tu casa de un soplido, será mejor que la construyas de ladrillo y cemento. Vamos aprendiendo que la vida no funciona tan mágicamente como pensábamos y que vale la pena seguir las normas para conseguir lo que queremos. Si respeto las normas, si acepto que hay una autoridad y si entiendo que hay otro, me lo voy a pasar muy bien jugando al parchís con mis hermanos, por ejemplo.

Hago un inciso para ilustrar todo esto. Los que hayáis visto jugar a fútbol en el recreo a niños de primaria, habréis presenciado dos cosas. Una, la cantidad de normas que se ponen los mismos niños antes de empezar el partido (eligen los equipos, sitúan las porterías, deciden que no vale chutar fuerte de cerca,…). Y dos, los niños se enfadan con quien no respeta las normas pero no con quien no es habilidoso, en otras palabras, ellos mismos riñen al que ha chutado “de cerca” pero no al que ha fallado un gol cantado.

Antes de empezar el partido, estos chicos han puesto las normas para poder disfrutar del juego.

Antes de empezar el partido, estos chicos han puesto las normas para poder disfrutar del juego.

Hay otras variables que hacen que el sistema de premios y castigos funcione. Ofrecer el premio inmediatamente después de que el niño cumpla su parte, dejarle claro qué se espera de él, cumplir siempre con el premio prometido o el castigo advertido,… todo esto hace que el método sea cada vez más efectivo hasta que… deja de serlo.

¿Por qué dejan de funcionar los premios y los castigos?

Premiar y castigar funciona hasta que los premios dejan de motivar porque son muy fáciles o muy difíciles de conseguir o no se pueden disfrutar hasta pasado mucho tiempo. También sucede que los castigos se ponen mal y a menudo son vividos con miedo y como un ejemplo de la tiranía de los padres: “ahora te quedas sin Play porque yo lo digo”. Por sus propias experiencias, los niños también aprenden que no siempre hacerlo bien garantiza el éxito, a los buenos también les pasan cosas malas y los malos también ganan.

Pero principalmente dejan de ser efectivos porque el niño ha crecido y se está convirtiendo en un adolescente. Durante la adolescencia elaboramos nuestro criterio propio. Estamos creando una nueva identidad que nos ayude a superar la dependencia respecto a los padres. El adolescente descubre que las normas se pueden consensuar, discutir, acordar y cambiar, si es necesario. También hay un rechazo de la autoridad de los padres y de sus criterios: mi madre me dice que coja la chaqueta porque ha refrescado, pero salgo en manga corta porque yo no tengo frío.

Los adolescentes necesitan de sus padres para poder independizarse de ellos”

Pero esta elaboración de la identidad no pasa de la noche a la mañana y justo en este periodo de transición los chicos necesitan que alguien les explique que hay cosas que no pueden hacer, no porque se vayan a enfadar sus padres o en el instituto, si no porque no está bien hacerlo más allá de que haya una ley o una norma que así lo diga.

Dejamos a los adolescentes prácticamente insensibles a los premios y castigos que sus esforzados padres les ofrecen. En la próxima entrada veremos qué podemos hacer para “poner límites”. ¡Espero que os esté resultando interesante este tema!

¿Qué pueden hacer las reeducaciones psicopedagógicas por los estudiantes?

Estoy seguro de que conoces a algún estudiante que podría rendir más académicamente. Quizás este chico o esta chica tenga algún problema del aprendizaje bien definido, (ya sabes: déficit de atención, dislexia, disortografía,…) o tal vez, sencillamente, haya perdido la motivación por los estudios. Sea como sea, está rindiendo por debajo de sus posibilidades y con riesgo de caer en la espiral del fracaso.

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Si fracasamos ante un reto académico repetidamente (suspendemos siempre los exámenes de matemáticas, por ejemplo), nos frustramos y perdemos el interés por esa materia. Entonces seguimos fracasando, esta vez por falta de esfuerzo. Esta espiral nos arrastra al fracaso.

¿Qué podemos hacer los psicólogos por estos chicos?

Las reeducaciones psicopedagógicas son intervenciones personalizadas sobre aquellos aspectos que están impidiendo a los alumnos alcanzar los aprendizajes esperados. ¿Qué quiere decir personalizadas? Las necesidades y circunstancias de cada estudiante varían. Por ejemplo, en la misma clase, un chico que nunca encuentra el tiempo para hacer los deberes puede compartir pupitre con una chica que le cuesta mantener la atención en lo que está explicando el profesor. Estos dos compañeros pueden haber sacado la misma nota en matemáticas, pero necesitan cosas diferentes para aprender. Entonces, ¿por qué ofrecerles lo mismo?

¿Por qué es importante que el trabajo reeducativo lo realice un profesional de la Psicología?

Porque muchas veces las malas notas no tienen que ver con un trastorno del aprendizaje o por el desinterés por los libros. Cuando hay problemas en casa, cuando uno no sabe por dónde encaminar su futuro o cuando, simplemente, le da más importancia a otros aspectos de su vida (a sus amigos, por ejemplo) que al estudiar; lo primero que se resiente son los resultados académicos. Un psicólogo sabrá detectar cuál es la causa real de la situación y propondrá las estrategias para remediarla.

Muchas veces por falta de tiempo o de recursos, la enseñanza tradicional no puede llegar a todos los alumnos. Las medidas reeducativas llenan este hueco ofreciendo estrategias para que los chicos aprendan a estudiar, mejoren la imagen que tienen como estudiantes, focalicen mejor su atención o reduzcan la ansiedad ante los exámenes. La experiencia nos dice que si este trabajo reeducativo se coordina con la escuela y la familia, la eficacia de la intervención crece considerablemente.

En una próxima entrada os explicaré qué puede hacer la familia para ayudar a sus hijos en sus estudios.

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