Cuando hablo con padres de hijos adolescentes, un tema que surge con más o menos urgencia es la “necesidad de poner límites”. Algunos padres explican lo bien que les ha ido premiando y castigando el comportamiento de sus hijos hasta ahora. Al llegar a la adolescencia, entre sorprendidos y frustrados, estos mismos padres constatan que su método ha dejado de funcionar. Vaya por delante mi respeto a todos aquellos padres y cuidadores preocupados por la educación emocional de sus hijos. Espero que esta entrada y la siguiente os sean útiles. Antes de explicar por qué dejan de ser eficaces, creo que es importante aclarar qué entendemos por premiar y castigar y por qué funciona.

¿Por qué funcionan los premios y los castigos?

Un premio es la recompensa que se da por algún mérito. El mérito puede ir desde acabar los deberes a jugar amigablemente con otros niños y el premio, por ejemplo, un elogio, una muestra de cariño o ciertos privilegios. El castigo consiste en imponer una pena por no haber conseguido el propósito esperado. La pena sería quedarse sin privilegios (no me puedo quedar más rato viendo la televisión) o tener que reparar el daño cometido (tengo que limpiar lo que he ensuciado). La idea es que la recompensa aumenta la motivación para cumplir con el objetivo marcado y la posibilidad del castigo nos da motivos para cumplir con lo que se espera de nosotros.

Justo antes de la adolescencia, de los 6 a los 11 años aproximadamente, el pensamiento mágico (pensar que las cosas pasan como yo creo que pasan) va perdiendo terreno frente al pensamiento operatorio (el funcionamiento de las cosas sigue una lógica… más allá que a mí me guste o no). Este cambio se debe a la maduración progresiva del neocórtex del área prefrontal. Las nuevas conexiones entre neuronas llenan de contenido el mundo representacional del niño. Lo que le rodea entra con más fuerza por sus sentidos y su pensamiento se vuelve más realista porque contacta con los principios que rigen la vida: el tiempo, el espacio, las convenciones sociales,…

El neocórtex es el lugar donde residen la formación y elaboración de las funciones cerebrales más complejas.

El neocórtex es el lugar donde residen la formación y elaboración de las funciones cerebrales más complejas.

De esta manera, el niño va descubriendo que cada acto que hace tiene sus consecuencias y que si éstas son desagradables, tiene que evitar las causas que las provocan. Por eso, los cuentos y los juegos de mesa son tan populares en estas edades. El niño puede ahora entender que si eres un cerdito y no quieres que el lobo tumbe tu casa de un soplido, será mejor que la construyas de ladrillo y cemento. Vamos aprendiendo que la vida no funciona tan mágicamente como pensábamos y que vale la pena seguir las normas para conseguir lo que queremos. Si respeto las normas, si acepto que hay una autoridad y si entiendo que hay otro, me lo voy a pasar muy bien jugando al parchís con mis hermanos, por ejemplo.

Hago un inciso para ilustrar todo esto. Los que hayáis visto jugar a fútbol en el recreo a niños de primaria, habréis presenciado dos cosas. Una, la cantidad de normas que se ponen los mismos niños antes de empezar el partido (eligen los equipos, sitúan las porterías, deciden que no vale chutar fuerte de cerca,…). Y dos, los niños se enfadan con quien no respeta las normas pero no con quien no es habilidoso, en otras palabras, ellos mismos riñen al que ha chutado “de cerca” pero no al que ha fallado un gol cantado.

Antes de empezar el partido, estos chicos han puesto las normas para poder disfrutar del juego.

Antes de empezar el partido, estos chicos han puesto las normas para poder disfrutar del juego.

Hay otras variables que hacen que el sistema de premios y castigos funcione. Ofrecer el premio inmediatamente después de que el niño cumpla su parte, dejarle claro qué se espera de él, cumplir siempre con el premio prometido o el castigo advertido,… todo esto hace que el método sea cada vez más efectivo hasta que… deja de serlo.

¿Por qué dejan de funcionar los premios y los castigos?

Premiar y castigar funciona hasta que los premios dejan de motivar porque son muy fáciles o muy difíciles de conseguir o no se pueden disfrutar hasta pasado mucho tiempo. También sucede que los castigos se ponen mal y a menudo son vividos con miedo y como un ejemplo de la tiranía de los padres: “ahora te quedas sin Play porque yo lo digo”. Por sus propias experiencias, los niños también aprenden que no siempre hacerlo bien garantiza el éxito, a los buenos también les pasan cosas malas y los malos también ganan.

Pero principalmente dejan de ser efectivos porque el niño ha crecido y se está convirtiendo en un adolescente. Durante la adolescencia elaboramos nuestro criterio propio. Estamos creando una nueva identidad que nos ayude a superar la dependencia respecto a los padres. El adolescente descubre que las normas se pueden consensuar, discutir, acordar y cambiar, si es necesario. También hay un rechazo de la autoridad de los padres y de sus criterios: mi madre me dice que coja la chaqueta porque ha refrescado, pero salgo en manga corta porque yo no tengo frío.

Los adolescentes necesitan de sus padres para poder independizarse de ellos”

Pero esta elaboración de la identidad no pasa de la noche a la mañana y justo en este periodo de transición los chicos necesitan que alguien les explique que hay cosas que no pueden hacer, no porque se vayan a enfadar sus padres o en el instituto, si no porque no está bien hacerlo más allá de que haya una ley o una norma que así lo diga.

Dejamos a los adolescentes prácticamente insensibles a los premios y castigos que sus esforzados padres les ofrecen. En la próxima entrada veremos qué podemos hacer para “poner límites”. ¡Espero que os esté resultando interesante este tema!