Si eres madre o padre de un adolescente y estás esperando un recetario de “medidas a adoptar” cuando se trata de poner límites, tengo malas noticias, no existe tal cosa. A cambio, te ofrezco un momento para reflexionar sobre el tema.

¿Qué tendrá que ver poner límites con las "gomas de pollo" de toda la vida?

¿Qué tendrá que ver poner límites con las «gomas de pollo» de toda la vida?

Muchas veces la necesidad de poner límites se despierta en los padres cuando ven los aspectos más infantiles de sus hijos (“no estudia”, “se pasa el día delante del ordenador”, “mira cómo tiene su habitación”). Estas situaciones suelen despertar en los padres miedos del tipo “mi hijo va a ser un fracasado” o “no sé qué va a ser de mi hija”. Muchas veces, estas manifestaciones más infantiles de los hijos tensan la relación con sus padres y complican la comunicación. Los padres, obviamente, se angustian y pueden reaccionar de forma impulsiva con un castigo imposible de cumplir y de mantener. Esta reacción enciende la agresividad del joven mediante malas caras, gritos, portazos,… Una madre me dijo “siento que mi hija enciende un fuego y nosotros vamos corriendo a apagarlo con gasolina”.

Los padres sienten la necesidad de poner urgentemente límites cuando observan los aspectos más infantiles de sus hijos adolescentes.

¿Cuál es el riesgo de seguir premiando?

E. ha empezado 4º de la ESO. El primer día de curso el tutor ya le ha advertido, tiene que ponerse las pilas si no quiere repetir curso. Los padres, para motivarla, le han prometido el móvil último modelo que tanta ilusión le hace si lo aprueba todo en junio. La madre no entiende que E. jurase que iba a estudiar cada día y que pasadas pocas semanas, tenga que insistirle cada tarde para que coja los libros. El colmo, para la madre, ha sido que E. le ha preguntado qué le daba si hacía los deberes esa tarde.

A todos nos gusta que valoren nuestro esfuerzo, el mundo adulto se rige, en parte, de esta manera: trabajo durante un mes para cobrar mi sueldo. También es verdad que tener en mente una recompensa (unas vacaciones) motiva a cumplir con unas obligaciones (ir a trabajar cada día). Y precisamente, ése es el principal riesgo, es decir, que el adolescente no desarrolle su propia autonomía, o no encuentre la forma de motivarse para hacer algo por sí mismo y espere siempre a recibir algo a cambio para moverse.

¿Cuál es el riesgo de castigar?

R. tiene 16 años y aunque siempre ha jugado a fútbol, esta temporada ha comenzado a destacar como central. Acude puntualmente a los tres entrenamientos programados durante la semana, tiene una buena relación con el entrenador y sus compañeros le han escogido capitán valorando su compromiso con el equipo. En la segunda evaluación le han quedado 6 asignaturas y su padre le ha castigado sin fútbol hasta junio (cuando dan las notas de fin de curso y acaba la competición) “para ver si así le dedica el mismo interés a los libros que a la pelota”.

En una reunión de padres, un participante sentenció “castigar bien es todo un arte” y razón, no le falta. Cuando castigamos, corremos el riesgo de privar al adolescente, y también al niño, de algo (una actividad, una relación, una experiencia) que fomenta su desarrollo personal, su proceso de socialización o su aprendizaje. ¿Cómo se sentirá R. cuando le aparten de algo en lo que sobresale, está comprometido y se siente valorado? ¿Con qué interés cogerá ahora los libros? Cuando castigamos desde la autoridad, infantilizamos al adolescente, le humillamos. En estas situaciones, los chicos se sienten sometidos. “Todo se tiene que hacer a la manera de mi padre”, dijo R. cuando se enteró del castigo. Esta vivencia incita a la desobediencia: “está equivocado si piensa que voy a estudiar más”.

Al castigar, nos arriesgamos a privar al adolescente de experiencias que favorecen su desarrollo personal.

¿Cómo se pone un límite?

Antes de dar alguna idea me gustaría aclarar que no existe una fórmula magistral. También me gustaría recordar que el sistema de “premios y castigos” se queda “pequeño” durante la adolescencia porque se ocupa de la parte más infantil del chico. Nosotros queremos estimular la parte más adulta, la parte responsable, consecuente, autónoma,… Los límites han de servir para que el adolescente pueda “cuidar”. Cuidar a las personas que le rodean, a su entorno y también cuidar de sí mismo. Y no para que papá y mamá estén contentos o me den algo a cambio. Este cambio, pasar de los premios a los límites, ha de ser paulatino, los padres tienen que ir delegando este “cuidado” en su hijo para que éste pueda ir asumiéndolo. Esto choca frontalmente con la fantasía, a menudo compartida por adultos y jóvenes, que “a los 18 años, puerta”. Pero, ¿qué pasaría si verdaderamente a los 18 años los chicos tuvieran que vérselas con el mundo adulto sin el acompañamiento de sus padres?

Entonces, ¿cómo tienen que ser los límites?

Los límites tienen que ser como una goma de pollo (1): firme y flexible. Firme porque sujeta y sostiene. Flexible porque cuando se da de sí, puede volver donde estaba. Además, tienen que cumplir con tres condiciones. Los límites han de ser razonables, razonados y tienen que permitir la reparación.

salar_vidal_limitesComo veis, “poner límites” no es una tarea sencilla y lo habitual es equivocarse. Pero probablemente el crecimiento de padres e hijos sólo será posible si se pueden resarcir los errores cometidos.

(1) Ojalá la comparación fuera mía. La he tomado prestada del Equipo de Atención al Menor de la Fundació Sant Pere Claver.