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Si un niño siempre está triste, llora con facilidad o se le ve angustiado,… parecerá conveniente buscar ayuda profesional. Pero no siempre el sufrimiento psicológico es tan evidente y logra pasar desapercibido. En otras ocasiones, el sentimiento de culpabilidad que muchos padres sienten cuando se les aconseja acudir con su hijo al psicólogo genera pensamientos contrarios: “No está tan mal”, “en vacaciones pasaremos más tiempo juntos y se solucionará”, “si va a peor, ya consultaremos”… Sin entrar en síntomas o estadísticas más o menos alarmantes, recojo algunas situaciones en las que es recomendable tener la opinión de un psicólogo.

Cuando lo indican desde el centro de estudios

Un alumno de Secundaria pasa de media seis horas al día en el instituto. Durante ese tiempo, se relaciona, juega, aprende,… y también se frustra, se ilusiona, se disgusta,… En definitiva, tiene tiempo para mostrarse tal y como es. Además muchas dificultades de niños y adolescentes aparecen con más claridad durante el horario lectivo: el niño que no tiene amigos, la chica que tira el desayuno a la papelera, los alumnos que aprenden más despacio,… La información que proporcionan los profesores es muy valiosa porque son observadores directos de los comportamientos y reacciones de los chicos y porque tienen la referencia del grupo de edad al que pertenecen. Por ejemplo, cualquier niño puede reñir en el recreo con otro pero algo estará sucediendo si es ese mismo niño se pelea cada día con un compañero diferente en el patio, en los pasillos, durante los descansos,…

Los profesores detectan muchas situaciones problemáticas porque pasan mucho tiempo con los alumnos y pueden compararlos con su grupo de iguales.

Cuando los recursos propios no son suficientes

Las familias cuentan con una serie de recursos para ayudar a los más pequeños a crecer. Me estoy refiriendo al cariño, los límites, al diálogo,… pero no siempre funcionan. Hay situaciones concretas en las que, además de estas herramientas, se requieren los conocimientos técnicos de un profesional. En el caso de los adolescentes, a menudo les cuesta aceptar la ayuda proveniente de los padres porque hacerlo es reconocer que aún les necesita. Y cuando eres adolescente, admitir que necesitas a tus padres se vive como un ataque a la personalidad que te estás construyendo. En este caso, es probable que los chicos toleren mejor la ayuda de un adulto ajeno a la familia.

Aunque necesario, el cariño no siempre basta para solucionar ciertas situaciones.

Cuando a los padres le pasó “lo mismo” y lo resolvieron “así o asá”

De la misma manera que los padres ven sus rasgos físicos en sus hijos (“tiene los ojos de mi marido”) también detectan sus actitudes o sus reacciones: “a su edad, yo era igual”, “es tímida como su madre”, “el niño ya tiene a quien salir”,… son frases que a menudo escuchamos en las primeras entrevistas. Este reconocimiento de las dificultades propias en los hijos preocupa a los padres. Más aún cuando los problemas de su hijo les resultan familiares. Esta angustia a menudo lleva a los padres a querer solucionar la situación por la vía rápida o como lo hicieron ellos. Aunque totalmente comprensible, no siempre la solución propuesta por los adultos es la más eficaz. Quizás a la madre le sirvió apuntarse al grupo de teatro del instituto para quitarse la timidez de encima… a lo mejor, la hija, “igual de tímida”, necesita otra cosa. Cada síntoma tienen un significado personal para cada uno de nosotros y, finalmente, los padres son los padres y los hijos son los hijos. De nuevo, el profesional detectará qué está pasando y cuál es la mejor manera de solucionarlo para esa persona.

Cuando ellos lo piden

No es el caso más habitual pero sucede, sobre todo, con los adolescentes. Personalmente creo que hay que “aprovecharlo”. Los adultos nos quejamos con frecuencia de los comportamientos, que siendo propios de la edad, nos parecen inadmisibles para un adolescente. “Con lo grande que es y es incapaz de tener su habitación ordenada”, “cuando le digo que ‘no’ se enfada como una cría”, “sabe lo que se juega este curso y es incapaz de coger un libro”… Como si todos los adultos fuésemos ordenados, supiéramos enfadarnos o llevásemos todas nuestras responsabilidades al día. También a menudo nos cuesta reconocer los aspectos más adultos de los adolescentes. Quizá tenga la habitación hecha un desastre pero acude puntual al entrenamiento, se enfada cuando algo no le gusta pero sabe defender sus opiniones, no estudia pero tiene interés por la música. Otro ejemplo más: tiene problemas pero reconoce que necesita ayuda. ¿Por qué no ofrecérsela?

Niños y adolescentes agradecen el apoyo profesional cuando encuentran a alguien que les comprende y les guía para que ellos también entiendan qué les está pasando. Más allá de síntomas y diagnósticos ¿cuándo pensáis vosotros que hay que llevar a los niños al psicólogo?