Luis Salar Vidal

Psicólogo

Categoría: Cambio

7 puntos para elegir al psicólogo adecuado

Después de haberle dado muchas vueltas has decidido buscar un psicólogo pero… ¿por dónde empezar? En esta entrada planteo siete puntos para facilitarte la elección.

Pregunta. Un buen primer paso es preguntar a familiares y amigos si tienen alguna referencia de confianza. Cada vez más gente ha seguido tratamiento psicológico y hablar sobre ello ha dejado de ser tabú. Si te resulta embarazoso o prefieres mantenerlo al margen de tus allegados puedes confiar en tu médico de familia.

Busca una asociación. Cuando uno tiene más o menos claro qué le sucede, una buena forma de dar con el profesional adecuado es contactar con una organización que se dedique a ese problema. Estas instituciones suelen disponer de un archivo de recursos para afectados y familias que incluye un listado de profesionales especializados en esa materia. Por ejemplo, la Asociación Contra la Anorexia y la Bulimia (ACAB) proporciona información sobre las distintas opciones de tratamiento para los afectados por los desórdenes alimentarios.

Seguros de salud. En caso de tener contratado un seguro de salud, puedes buscar si en su cuadro médico hay psicólogos y si su tratamiento está incluido. En caso afirmativo, la compañía debe informarte de los profesionales a los que puedes acudir y cuántas sesiones están cubiertas. Algunas pólizas permiten al mutualista visitarse con especialistas externos a su cuadro con la opción de reembolso de esas sesiones.

Antes de dar el paso. Para poder comprometerte con el seguimiento de una terapia psicológica, conviene que el profesional con el que vayas a trabajar te resuelva algunas dudas.  No temas en preguntar aquello que consideres necesario.

  • ¿Qué formación ha recibido? Actualmente no existe una titulación oficial de psicoterapeuta pero sólo psicólogos y médicos con los estudios adecuados pueden ofrecer este servicio. Quien consulta tiene todo el derecho solicitar los títulos universitarios que den cuenta de la formación del profesional. Así como preguntar sobre la experiencia del terapeuta escogido. ¡Cuidado con los pseudoterapeutas!
No todos los profesionales sanitarios están habilitados para ejercer la psicoterapia.

No todos los profesionales sanitarios están habilitados para ejercer la psicoterapia.

  • ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Con qué frecuencia?… Aunque sin realizar una evaluación del caso es complicado estimar la duración del tratamiento, el profesional sí que podrá asesorarte sobre la frecuencia de las visitas, la duración de las mismas y donde se llevarán a cabo. Tras las primeras entrevistas es habitual establecer un acuerdo terapéutico en el que se especifican aspectos como los objetivos a tratar, la frecuencia de las sesiones, el formato de la terapia,…
  • ¿Cómo trabaja? Existen varias corrientes para el tratamiento del sufrimiento psicológico. Algunas son muy novedosas y otras han demostrado su eficacia con el paso de los años. Unos enfoques se centran en ofrecer soluciones concretas y otros trabajan para averiguar el origen profundo del malestar de la persona que consulta.
No todas las terapias incluyen el uso del diván.

No todas las terapias incluyen el uso del diván.

  •  ¿Y cuánto? El profesional tiene la obligación de informar abiertamente sobre sus honorarios y la forma en la que se pueden abonar. Cada profesional es libre de fijarlos como crea conveniente ya que no existe una “tabla de precios” fijada por los colegios profesionales. Encontrarás más información aquí.
  • ¿Qué va a pasar? Como en cualquier situación de la vida, al plantearnos iniciar un trabajo psicológico podemos crearnos una serie de expectativas. Una expectativa es aquello que esperamos conseguir de una determinada situación. Las expectativas se forman por experiencias previas, mensajes que hemos recibido o las necesidades que tengamos en ese momento. Al iniciar un proceso terapéutico es habitual encontrarnos con no saber qué esperar o qué pedir o tenerlo claro pero no poder expresarlo. También es frecuente desear que la terapia sea la solución a todos nuestros males. Por ello, las expectativas nos pueden acompañar hacia el éxito en nuestro propósito o hundirnos en la frustración si éstas son irreales o exageradas. De nuevo, el profesional nos podrá informar sobre en qué nos puede ayudar y en qué no.

Espero que estas siete preguntas os ayuden a dar el pasar y contactar con el profesional más adecuado para vosotros. Si tienes alguna duda o necesitas alguna aclaración, no dudes en contactar conmigo: luis@salarvidal.com

¿Cuándo debo llevar a mi hijo al psicólogo?

salarvidal_psicologo

Si un niño siempre está triste, llora con facilidad o se le ve angustiado,… parecerá conveniente buscar ayuda profesional. Pero no siempre el sufrimiento psicológico es tan evidente y logra pasar desapercibido. En otras ocasiones, el sentimiento de culpabilidad que muchos padres sienten cuando se les aconseja acudir con su hijo al psicólogo genera pensamientos contrarios: “No está tan mal”, “en vacaciones pasaremos más tiempo juntos y se solucionará”, “si va a peor, ya consultaremos”… Sin entrar en síntomas o estadísticas más o menos alarmantes, recojo algunas situaciones en las que es recomendable tener la opinión de un psicólogo.

Cuando lo indican desde el centro de estudios

Un alumno de Secundaria pasa de media seis horas al día en el instituto. Durante ese tiempo, se relaciona, juega, aprende,… y también se frustra, se ilusiona, se disgusta,… En definitiva, tiene tiempo para mostrarse tal y como es. Además muchas dificultades de niños y adolescentes aparecen con más claridad durante el horario lectivo: el niño que no tiene amigos, la chica que tira el desayuno a la papelera, los alumnos que aprenden más despacio,… La información que proporcionan los profesores es muy valiosa porque son observadores directos de los comportamientos y reacciones de los chicos y porque tienen la referencia del grupo de edad al que pertenecen. Por ejemplo, cualquier niño puede reñir en el recreo con otro pero algo estará sucediendo si es ese mismo niño se pelea cada día con un compañero diferente en el patio, en los pasillos, durante los descansos,…

Los profesores detectan muchas situaciones problemáticas porque pasan mucho tiempo con los alumnos y pueden compararlos con su grupo de iguales.

Cuando los recursos propios no son suficientes

Las familias cuentan con una serie de recursos para ayudar a los más pequeños a crecer. Me estoy refiriendo al cariño, los límites, al diálogo,… pero no siempre funcionan. Hay situaciones concretas en las que, además de estas herramientas, se requieren los conocimientos técnicos de un profesional. En el caso de los adolescentes, a menudo les cuesta aceptar la ayuda proveniente de los padres porque hacerlo es reconocer que aún les necesita. Y cuando eres adolescente, admitir que necesitas a tus padres se vive como un ataque a la personalidad que te estás construyendo. En este caso, es probable que los chicos toleren mejor la ayuda de un adulto ajeno a la familia.

Aunque necesario, el cariño no siempre basta para solucionar ciertas situaciones.

Cuando a los padres le pasó “lo mismo” y lo resolvieron “así o asá”

De la misma manera que los padres ven sus rasgos físicos en sus hijos (“tiene los ojos de mi marido”) también detectan sus actitudes o sus reacciones: “a su edad, yo era igual”, “es tímida como su madre”, “el niño ya tiene a quien salir”,… son frases que a menudo escuchamos en las primeras entrevistas. Este reconocimiento de las dificultades propias en los hijos preocupa a los padres. Más aún cuando los problemas de su hijo les resultan familiares. Esta angustia a menudo lleva a los padres a querer solucionar la situación por la vía rápida o como lo hicieron ellos. Aunque totalmente comprensible, no siempre la solución propuesta por los adultos es la más eficaz. Quizás a la madre le sirvió apuntarse al grupo de teatro del instituto para quitarse la timidez de encima… a lo mejor, la hija, “igual de tímida”, necesita otra cosa. Cada síntoma tienen un significado personal para cada uno de nosotros y, finalmente, los padres son los padres y los hijos son los hijos. De nuevo, el profesional detectará qué está pasando y cuál es la mejor manera de solucionarlo para esa persona.

Cuando ellos lo piden

No es el caso más habitual pero sucede, sobre todo, con los adolescentes. Personalmente creo que hay que “aprovecharlo”. Los adultos nos quejamos con frecuencia de los comportamientos, que siendo propios de la edad, nos parecen inadmisibles para un adolescente. “Con lo grande que es y es incapaz de tener su habitación ordenada”, “cuando le digo que ‘no’ se enfada como una cría”, “sabe lo que se juega este curso y es incapaz de coger un libro”… Como si todos los adultos fuésemos ordenados, supiéramos enfadarnos o llevásemos todas nuestras responsabilidades al día. También a menudo nos cuesta reconocer los aspectos más adultos de los adolescentes. Quizá tenga la habitación hecha un desastre pero acude puntual al entrenamiento, se enfada cuando algo no le gusta pero sabe defender sus opiniones, no estudia pero tiene interés por la música. Otro ejemplo más: tiene problemas pero reconoce que necesita ayuda. ¿Por qué no ofrecérsela?

Niños y adolescentes agradecen el apoyo profesional cuando encuentran a alguien que les comprende y les guía para que ellos también entiendan qué les está pasando. Más allá de síntomas y diagnósticos ¿cuándo pensáis vosotros que hay que llevar a los niños al psicólogo?

Cambiar (o no)

Con permiso de septiembre, enero es el mes en el que oficialmente nos planteamos cambiar. Dejar el tabaco, aprender inglés o bajar de peso son los propósitos de Año Nuevo estrella de cada temporada. Paradójicamente, algunos estudios, y la mera experiencia, se empeñan en demostrar que sólo unos pocos escogidos alcanzan sus objetivos y que cuando esto sucede, no se sienten especialmente más felices.

¿Por qué fracasamos cuando nos proponemos cambiar?
No es el momento, no es el objetivo, no es para mí. Seguramente hay muchas variables implicadas, personales y externas, que podrían explicar el fiasco. A menudo, nos planteamos objetivos demasiado ambiciosos y poco concretos. También nos podemos proponer cambios que poco tienen que ver con nosotros o con nuestros intereses personales. Otras veces, achacamos nuestro fracaso a la motivación, o mejor dicho, a la falta de ésta.

En este gimnasio lo tienen claro. Muchos se apuntarán pero pocos irán y se quedarán.

En este gimnasio lo tienen claro. Muchos se apuntarán pero pocos irán y se quedarán.

Motivación, ¡qué bonito nombre!
Motivación es una de esas palabras del ámbito de la Psicología que se ha incorporado al lenguaje de la calle. “Este tío es un motivado”, decimos cuando vemos a alguien dispuesto a hacer algo, dando a entender que la motivación de una persona para conseguir lo que sea es un rasgo de su personalidad. Algo que está debajo de su piel y que permanece estable a través del tiempo, como el color de los ojos. O lo tienes o no lo tienes. ¿Es eso cierto? “Si mi hijo pusiera las mismas ganas a los libros que a la consola, sacaría sobresalientes”. “Debería dejar de beber, quizás pasado el verano”. “Mañana me pongo”. “En cuanto salga de aquí, voy a empezar a estudiar”. Todas son frases que he escuchado en la consulta y que dan a pensar que la motivación, o las ganas de cambiar, más que un rasgo inalterable, es un estado más o menos disponible que fluctúa en función de múltiples factores personales y externos.

Motivación: Conjunto de factores internos o externos que determinan en parte las acciones de una persona. No lo digo yo, lo dice la Real Academia Española.

“La rueda del cambio”
A principios de los ochenta, James Prochaska y Carlo DiClemente investigaron cómo y por qué cambiamos, con o sin ayuda terapéutica. Estos psicólogos llegaron a la conclusión que cambiar es un proceso compuesto de varias etapas. Nosotros transitamos, hacia delante o hacia atrás, por estas etapas hasta conseguir nuestro objetivo o no ya que este modelo también contempla que fallemos… y que lo volvamos a intentar. En función de cómo nos orientemos en cada fase y de las aportaciones que recibamos de nuestro entorno, nos acercaremos más al cambio, nos estancaremos o desistiremos en nuestro empeño. Esto explicaría por qué no sirve de nada decirle a alguien que deje de beber cuando esta persona no piensa que el uso que hace del alcohol sea problemático. Otro ejemplo sería cuando llega un adolescente a terapia y decide no explicar nada de lo que le sucede porque no está de acuerdo en asistir.

Para ilustrar su propuesta, Prockaska y DiClemente diseñaron “la rueda del cambio” donde aparecen representadas las etapas por las que pasamos cuando nos proponemos cambiar.

Para ilustrar su propuesta, Prockaska y DiClemente diseñaron “la rueda del cambio” donde aparecen representadas las etapas por las que pasamos cuando nos proponemos cambiar.

Esta propuesta de Prochaska y DiClemente responde, a mi entender, a una visión más positiva del ser humano. Si consideramos la motivación como algo interno y estable, quien no logra cambiar se convierte en poco más que “un flojo”. En cambio, si consideramos que la opción de cambiar siempre está ahí, más o menos presente, y que el entorno (familia, amigos, profesionales) también juega un papel importante, miraremos con otros ojos a quien lo está intentando. Si además entendemos que no conseguir el cambio deseado no es un fracaso absoluto, si no una etapa más del proceso, tenemos más números para alcanzar el éxito la próxima vez. Cambiar es una rueda que sigue girando esperando a que nosotros nos subamos a ella.

Mucha motivación, y algo de suerte, para este 2016. ¡Feliz año!